Última actualización: 17/6/04 16:00
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Feliz cumpleaños, Berna

Hada por Esperanza

Nunca quiso ser hada. Decía siempre que había nacido allí por accidente.

-Si tú no fueses hada, ¿qué te gustaría ser? -Hada –le contestaban todas.

Pero ella era diferente. Durante años pasó de un trabajo a otro sin encontrar su sitio.

Para las hadas no hay jubilación ni bajas. Pero hasta las grandes hadas azules empezaron a preocuparse por su falta de ilusión. En último intento por rescatarla, le asignaron el árbol de los membrillos morados. Estaba en el centro del jardín de la biblioteca y la pequeña se colaba de vez en cuando por las ventanas del edificio para coger algún libro y leerlo mientras vigilaba el Membrillo de los Deseos. Durante años cuidó de aquel árbol, lo regó con mimo, retiró las hojas mustias y le fue contando los cuentos que cogía de la biblioteca.

-Hoy te contaré el cuento de la princesa de las largas trenzas. ¿No te gustaría ser una princesa? -Mira, Membrillo, hoy he traído la cerillera. ¿Qué soñarías tú con cada cerilla?

Pasaron los días, los meses, los años. Una tarde, se sentó al cobijo de su mudo amigo a contarle el cuento de la niña que cargaba la mochila de piedras.

-Ojalá yo fuera esa niña, Membrillo. Ojalá pudiera ser humana y elegir mis propias piedras.

Con las últimas luces del día terminó de leer el cuento y se recostó bajo el árbol.

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-Mira, mamá, hay un cestito debajo del árbol.

La madre se acercó y destapó la cesta. Una niña pequeña, de pelo negro, cara de luna llena y ojos rasgados sonrió bajo las mantas.

-¿Qué es, mamá, qué hay dentro? -Tu hermana, cariño, es tu hermana. Los Reyes Magos nos adelantado el regalo unas semanas. -¿Y cómo se llama? -¿Tú cómo quieres que se llame?

Es un hada por Miguel

De pequeña soñaba que era un hada y siempre revoloteaba a mi alrededor, convirtiéndome con su varita mágica en príncipe y en dragón, en hermano y hermana. Hasta que un día decidió que era mayor para esas tonterías y ya no quería verme porque le recordaba cuando era una niña tonta. Su héroe amargo. Se hizo mayor de verdad, compartió su vida con otras personas y luego no.

Hoy es su cumpleaños, así que me he acercado hasta su casa y le he dejado una felicitación por debajo de la puerta. Luego me he escondido junto al manzano del jardín, y cuando he oído ruido, espiando por la ventana de la cocina la he visto recoger la carta. La ha dejado sobre la mesa y ha desaparecido durante un par de minutos. Al regresar llevaba la varita mágica en la mano. La varita de nuestra infancia. La ha agitado encima del sobre y luego ha leído mi felicitación.



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SMS Por Miguel

sms1 Justo cuando llegaba el Metro me fijé en esa chica. Alta, delgada, muy bonita. Me acerqué a ella y es seguro que se dio cuenta que la miraba. Justo cuando estaba a su altura se abrieron las puertas y sin detenerme entré en el vagón. Me senté en un asiento doble.

sms2 Ella se ha sentado a mi lado. No es casualidad. ¿Irá también al aeropuerto? Saca su libro: "5 horas con Mario". Yo saco el mío: "El artista de la muerte".

sms3 El vagón se ha movido en una curva y nuestras rodillas han chocado. No he movido mi pierna y ella tampoco. Miro sus manos con el rabillo del ojo. Sus largos dedos. No lleva alianza.

sms4 La chica ha cerrado el libro. Me gustaría hablar con ella. Acabaré perdiendo el vuelo. Si al menos fuera al aeropuerto. Estoy seguro de que está leyendo lo que escribo.

sms5 Se ha bajado en "Campo de las Naciones".

SMS Por Esperanza

sms1 Otra reunión con los jefes. Llegaré tarde. Prepara la cena a los niños. Te quiero.

sms2 Llegaré en diez minutos. Pon el vino a enfriar y sube dos grados la calefacción. Te quiero.

sms3 Ese mensaje no era para ti. Voy para casa y hablamos. Te quiero.

sms4 No iré esta noche, me ha pasado algo terrible. Mañana hablamos. No me llames.



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Compro cordura por Esperanza

Leo los anuncios por palabras con curiosidad infantil. Me gusta imaginar el piso de cuatro dormitorios y la moto de segunda mano pero en perfecto estado. A veces, incluso, llamo a alguno de esos teléfonos solo por el placer de agrandar mi fantasía.

“Compro cordura a quien pueda venderla. Pago bien. Preguntar por Anselmo.”

Si algo me sobra es cordura. Yo podría vendérsela a Anselmo. Que será, a buen seguro, un tipo interesante. Alguien que ha vivido tanto y ha visto tanto. No yo, que no he visto más allá de la gasolinera. No he salido del pueblo. Bueno, fui a la boda del primo Natalio a Corredillas. Y eso son unos 50 Km. Seguro que Anselmo no ha ido a Corredillas. Claro, ¿qué se le ha perdido a alguien que ha visto tantos lugares en un pueblo como Corredillas, que no tiene ni supermercado? No es que me haga falta salir, no. Pero Anselmo tiene tantas historias que contar… No sé de qué vamos a hablar. ¿De mis cursos por correspondencia? ¿De las películas que llegan al cine de la plaza con dos meses de retraso? Y lo bien que le sienta esa barba a medio afeitar. Es lo que pasa cuando corres aventuras. Que ni tiempo para afeitarse queda. Yo me ocuparía de sus cosas, porque él es un desastre. Claro, ¿cuándo se ha visto que Indiana Jones se planche las camisas?

¿Le gustará a Anselmo el vestido de flores que me trajo la tía Elvira? Tal vez deba ponerme algo más moderno. Pero pantalones no. Es el tipo de hombre al que le gustan las mujeres, mujeres. Las veo pasar por la calle de la Plaza y el caso es que a ellas les queda bien. Pero yo pantalones no me pongo, diga Anselmo lo que diga. Que luego los hombres se meten en las cosas que son nuestras y se pierde el sentido. He visto a Lucía, la hija de Manolo, que se viste como le dice su Pepe y hasta deja que él elija los zapatos que hacen juego con tal o cual traje. Vienen estos hombres que se las dan de modernos, que presumen de haber visto mucho mundo y nos hacen a nosotras chiquitas. Y no siempre es verdad lo que dicen porque algunos cuentan y no acaban, pero luego no han salido de Burgos. Y este Anselmo, mucho mundo, mucho mundo, pero tiene que poner anuncios en el periódico. Que digo yo que si fuera tan corrido, no le haría falta. Además, comprar cordura… seguro que es un loco. ¿Quién va a comprar cordura? Tal vez cree que con eso de “pago bien” se me van a hacer los ojos grandes y las tragaderas enormes. ¡Quién se cree que es! Menos mal que a mí no me engaña, que no habré salido del pueblo pero tonta no soy. Pues no, prueba con otra, Anselmo, que a servidora no la engañas.

Tres dormitorios, exterior, muy luminoso. 112 metros.

Compro cordura por Miguel

Lo han publicado. “Compro cordura a quien pueda venderla. Pago bien. Preguntar por Anselmo.”. Joder, a ver si me llama alguien, ¿qué le digo? ¿Qué fue una pataleta, que estaba de mal humor? Si solo tengo que dejar que pase el tiempo, en dos días ya no me acordaré. Es que ayer estaba muy quemado, muy quemado. La reestructuración no ha podido ser peor. Mi nombre estaba en las quinielas y al final todos me han pasado por delante y me he quedado con cara de gilipollas. Llevo cinco años haciéndolo de puta madre, abriendo cada puerta. Detrás había otra. Me esfuerzo y logro abrirlas. Unas cuantas. Y cuando consigo abrirlas todas, que ya puedo ver una estancia amplia y me invitan a pasar, cuando voy a dar el paso se cierran todas, una a una. La puerta en las narices. Un gilipollas con la nariz roja. Encima lo han hecho todo mal, menuda reestructuración de mierda.

Y mientras Emilio me contaba las novedades, porque el jefe no podía decírmelo en persona, me tengo que enterar por terceros, llama Paz. Que ha visto un anuncio en el periódico de un piso y ha llamado. Joder, una hipoteca es lo que necesitamos ahora, si no llegamos a final de mes. “Ya lo hablaremos en casa” –le dije. Pues vaya si hablamos, un monólogo el suyo. Al final nos meteremos en ese lío, ya verás.

El caso es que por la noche, solo en el salón (y Paz en la cama, de una hostia que no veas), se me ocurre poner ese anuncio. Me pareció buena idea, al menos me fui a dormir tranquilo. Lo han publicado, “Compro cordura”. Suena bien, pero menuda estupidez que hice anoche. ¿Lo leerá alguien? Lo mismo ligo, vete a saber. Lo que me faltaba, más problemas. En fin, si en el fondo ya sé lo que tendría que hacer. Dejarlo todo e irme a vivir al pueblo, sin preocupaciones ni estrés, sin tener que ponerme traje y corbata, afeitarme a diario, el dichoso puente aéreo, los atascos de la mañana para llegar a Getafe. Y buscar una mujer sencilla, que no se llame Paz, qué contrasentido.



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Por Miguel

Todos los días subo por la misma calle para ir a trabajar. Muy cerca de mi oficina, haciendo esquina hay una frutería y siempre paso por delante a las ocho y cuarto. A esa hora la frutera, una chica joven con el pelo teñido de rubio, está colocando las cajas de fresas, naranjas, verduras...

Esta semana, al pasar me he fijado que se ha cortado el pelo y también le ha cambiado el tono; ahora lo lleva más rojizo, muy moderno. Le queda muy bien, pero como nunca he hablado con ella no veo el motivo para decírselo.

¿Y porqué no? -pensé. Así que me di la vuelta, abrí ligeramente la puerta del comercio y se lo dije. Le expliqué que todos los días paso por delante mientras coloca la fruta y que le queda muy bien el cambio de imagen. Ha sonreído y me ha dado las gracias.

Hoy al pasar por delante de la tienda, a la misma hora, me ha visto y nos hemos saludado.

Por Esperanza

Trabajo en una frutería. Desde el escaparate veo pasar el mundo. Pero el mundo no me ve a mí. A veces deseo convertirme en una berenjena para que alguien me mire, me desee, me elija.

Ayer, como todos los días, pasó el chico del traje oscuro y la corbata mirando las cajas de frutas. Jamás ha comprado nada ni ha franqueado mi puerta. Pero ayer entró.

-Todos los días paso por delante y te veo. Has cambiado de pelo. Me gusta.

Sonrío.

-Ahora soy una berenjena.

Sonríe. Le doy las gracias y sigue su camino.

Hoy al pasar por delante de la tienda, a la misma hora, me ha visto y nos hemos saludado.



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Voces sordas Por Esperanza

El chico de la imprenta me entrega el paquete con las invitaciones. -Ya creía que no las iban a recoger. Quedan tres semanas para la boda –me dice-. Su novia se pondrá furiosa.

Sonrío y pago la factura. Mi novia ya está furiosa. Camino sin prisa por calles desiertas y aprieto el paquete bajo el brazo. El ascensor se detiene en el cuarto, el piso de Laura. Al abrir las puertas oigo la voz aguda de un locutor. Ella siempre deja la tele encendida porque no soporta el silencio. A veces la he encontrado dormida en el sofá frente a un partido de fútbol y con la radio de la cocina desgranando canciones de amor. Detengo mi mano cuando empezaba a buscar las llaves en el bolsillo. Dos semanas hace que no están ahí, desde que descubrió lo mío con Natalia.

Llamo al timbre y nadie responde. Agudizo el oído para captar sus pasos, descalza siempre, camino de la puerta pero solo me llega esa voz. Tal vez si llamo al teléfono consiga despertarla y así poder explicarle que Natalia no es nada, no es nadie.

-Hola has llamado a casa de Laura y Manuel, en este momento no podemos atenderte.

Cuelgo.

Llamo de nuevo al timbre. No hay pasos. Marco su móvil.

-Hola, soy Laura, en este momento no puedo atenderte. Cuelgo.

La escalera está en silencio. Marco de nuevo el número de teléfono y espero hasta que acaba el mensaje a dos voces.

-Laura, cariño, he venido a pedirte perdón. Estoy en la puerta pero no me abres. ¿Estás ahí? ¿Me estás oyendo? Laura no me castigues, déjame entrar, por favor.

He levantado la voz y la vecina sale al rellano. Le explico que Laura se ha dormido con la televisión encendida y por eso no me oye. No desconfía de mí porque lleva tres años viéndome entrar en la casa.

-Yo tengo una llave, puedo abrirte.

Se lo agradezco y miro el paquete de papel marrón que empieza a romperse por la zona donde lo llevo agarrado. La luz del salón está encendida y la televisión a un volumen altísimo. El sofá está vacío y una colilla humea aún en el cenicero. Hace mucho frío para tener la ventana abierta. Atravieso muy despacio la sala. Me asomo y la veo, tendida en la acera. El paquete marrón me golpea en el pie.

-Solo con que hubieras llamado a darme una explicación te habría perdonado.

Es la voz de la vecina, con esa falta de sentimientos que transmiten las voces al leer.

Le quito la carta de las manos y la guardo en el bolsillo. Apago el televisor y marco el número de la policía.

Ángel Por Miguel

Juan caminaba por la calle del Ángel, buscando el apartamento de la amiga de Julia, donde ella se había ido después de que él la echase de su casa. Era el número 32, pero no lograba localizarlo. Estaba en un barrio residencial y cada edificio tenía alrededor un amplio jardín vallado. Con la tenue iluminación de las farolas y la humedad que lo difuminaba todo no lograba distinguir el número de los portales y no sabía si se habría pasado el que buscaba.

Volvió a intentar llamarla al móvil, pero de nuevo saltó el buzón de voz. No había otra forma de hacerlo, tenía que presentarse en la casa. "Si hay algo que deseo es estar contigo. No voy a renunciar sin más". Sí, eso le iba a decir. Que haría lo que fuese por ella. Estaba dispuesto a perdonar y olvidar. A pasar página. Había sido demasiado duro con ella, pero se había dado cuenta de su error.

Vio a una mujer asomada a la ventana de uno de los edificios. Juan se acercó, pensando en preguntarle por el número que buscaba. Casualmente, la puerta de acceso al jardín estaba abierta así que entró. La mujer no se había fijado en él, tenía la mirada concentrada en algún punto del edificio de enfrente. Llevaba puesto un camisón o una camisa blanca que se iluminaba y apagaba de forma intermitente, reflejando sin duda el televisor que estaba encendido en la habitación. Tenía una sonrisa extraña, misteriosa.

Al acercarse, Juan se fijó en el número del portal. El 32. Tal vez la mujer de la ventana era en realidad su ángel de la guarda, que le había guiado al sitio correcto. Llamó al timbre. Contestó Julia. "Soy Juan", dijo. "Te abro". Solo dos palabras, pero Juan sabía que ella se alegraba de que hubiese ido a buscarla. Empujó la puerta hasta dejarla fija y tras asegurarse de que no se iba a cerrar volvió a salir al jardín. Allí estaba la mujer, asomada aún a la ventana. Su cara irradiaba paz y felicidad. Deseó poder meterse en su mente, saber qué pensaba en ese preciso instante. Y compartir con ella su energía, su optimismo.



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