Por Miguel
Todos los días subo por la misma calle para ir a trabajar. Muy cerca de mi oficina, haciendo esquina hay una frutería y siempre paso por delante a las ocho y cuarto. A esa hora la frutera, una chica joven con el pelo teñido de rubio, está colocando las cajas de fresas, naranjas, verduras...
Esta semana, al pasar me he fijado que se ha cortado el pelo y también le ha cambiado el tono; ahora lo lleva más rojizo, muy moderno. Le queda muy bien, pero como nunca he hablado con ella no veo el motivo para decírselo.
¿Y porqué no? -pensé. Así que me di la vuelta, abrí ligeramente la puerta del comercio y se lo dije. Le expliqué que todos los días paso por delante mientras coloca la fruta y que le queda muy bien el cambio de imagen. Ha sonreído y me ha dado las gracias.
Hoy al pasar por delante de la tienda, a la misma hora, me ha visto y nos hemos saludado.
Por Esperanza
Trabajo en una frutería. Desde el escaparate veo pasar el mundo. Pero el mundo no me ve a mí. A veces deseo convertirme en una berenjena para que alguien me mire, me desee, me elija.
Ayer, como todos los días, pasó el chico del traje oscuro y la corbata mirando las cajas de frutas. Jamás ha comprado nada ni ha franqueado mi puerta. Pero ayer entró.
-Todos los días paso por delante y te veo. Has cambiado de pelo. Me gusta.
Sonrío.
-Ahora soy una berenjena.
Sonríe. Le doy las gracias y sigue su camino.
Hoy al pasar por delante de la tienda, a la misma hora, me ha visto y nos hemos saludado.