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miguel, martes, 27. marzo 2007, 23:20
Bony y Clyde
Por Esperanza
Cuando digo que Bony y Clyde son azules, quiero decir azules. No ese negro brillante de otros perros que en las tiendas se empeñan en llamar azul, no. Mis perros son tan azules como la pintura mate de mi coche, como la pared azul del salón, como un anuncio de telefónica. Azules. Y el caso es que aquella niña de la tienda me avisó, pero quién le hace caso a una cría con coletas que chupa un caramelo y que juega a volar sobre una vieja escoba.
–Se te pondrá la tripa azul –le dije cuando vi el color de su piruleta.
Ella me sacó la lengua, teñida por el caramelo, y me dijo:
–Azul te vas a poner tú cuando crezcan los perros que acabas de comprar.
Y agitó una varita mientras lo decía.
Y eran blancos. Bony y Clyde eran blancos ese día. Pero a la mañana siguiente parecía que les hubiera caído un bote de titanlux encima. Ahora temo que crezcan porque ella dijo “te vas a poner azul” y no se refería a los perros.
Cambios
Por Miguel
Te seguí la corriente aunque ya estaba enterada de todo. Eso de que te ibas a comer con un compañero del curro ya no me lo tragaba, sabía lo de tu lío con esa chica de veintitantos. Os había visto casualmente hacía unos días aunque ya lo suponía hacía tiempo: te habías dejado patillas de nuevo, habías cambiado de gafas por un modelo muy moderno, hasta tu ropa interior había cambiado, ya no era el boxer de siempre sino unos calzoncillos de Lycra.
Pero esta tarde te lo iba a poner difícil. A tu vuelta te sentirías como si solo hubieras ido a por tabaco. Tenía preparado el tinte azul, del mismo tono que usa tu ligue, para teñir al perro. Tu "West Highland White Terrier", del mejor criador, pedigrí excelente. A Violeta solo pensaba ponerle un par de coletas, justo como las que llevaba ella aquel día, cortitas, con una goma de distinto color en cada coleta. Yo por supuesto no planeaba teñirme ni peinarme. Me sentaría en el sofá con una copa de vino a esperar que regresaras, impaciente por ver tu cara.
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miguel, domingo, 4. marzo 2007, 19:37
Amenaza de explosión
Por Miguel
—Señora, ¿me puede mostrar el contenido de su bolso?
—Mamá, enséñale al policía lo que llevas en tu bolso.
La señora Rosario había recogido con desconfianza su bolso, que acababa de pasar por el scanner y lo llevaba abrazado al cuerpo. Miró a su hija, posó el bolso encima de la mesa y empezó a vaciarlo. Lo primero que sacó fue un brick de leche.
—Señora, va a tener que dejar eso aquí.
—¿Por qué? —preguntó la señora Rosario con cierta angustia.
—Mamá, ¿para que llevas esa leche? —preguntó su hija.
—Verá —explicó el guardia civil— es por su seguridad. No se pueden llevar líquidos en los vuelos.
—Pero la leche es sana.
—No está permitido. Existe una amenaza de explosivos líquidos y cualquier cantidad superior a los 100ml no está permitida a bordo.
—¿La leche? ¿Explosiva?
—Mamá. Déjalo.
—Señora, si en vez de leche el brick llevase explosivo líquido podría volar el avión en pleno vuelo.
—¿Y por qué iba a hacer yo eso? Tengo 75 años, ¿tengo pinta de terrorista?
—Mamá, no necesitas nada. ¿Para qué llevas la leche?
El guardia civil terminó de revisar el bolso de la anciana y se dirigió a la hija.
—¿Me muestra el suyo, por favor?
La hija posó el bolso y dejó que el agente hiciese su trabajo. Aprovechó para colocarse el pelo. Se había teñido hacía unos días y se encontraba muy bien. El tono le rejuvenecía, incluso se maquillaba de forma más discreta. Se sentía radiante.
—¿Esto qué es? ¿Le importa que lo abra?
—Adelante. Es una flor. Una rosa.
—¿Por qué llevas esa flor en el bolso? ¿No la podías dejar en casa? Al fin y al cabo tú vuelves mañana.
—Me apeteció, mamá. ¿No llevabas tú un litro de leche?
—Nunca se sabe lo que puede pasar. Es mejor ser precavida. ¿Quién te regaló esa flor para que la cuides tanto, tu marido?
El agente envolvió de nuevo la flor, la dejó en el bolso y les hizo una seña para que siguieran.
—¿Quién te regaló la flor? —insistió la madre—. ¿Tu marido?
—No, él no. De eso estoy segura.
La madre apretó el ritmo, caminando un poco por delante de su hija, y farfullando, aunque con el tono suficientemente alto para que lo oyera su hija, dijo indignada:
—Mi leche, qué vergüenza. No me la han dejado llevar. Y eso que tu flor la ha vuelto a dejar en el bolso.
Se paró, miró a su hija de arriba abajo y dijo:
—Esa flor, eso si que. Eso si que es una amenaza. Y tú tan contenta. Un peligro, un peligro nuclear.
Llama cuando llegues
Por Esperanza
No me importa trabajar arrastrando un carrito lleno de basura, dos fregonas y una mopa. Lo peor de este trabajo es recorrer una tras otra las salas de espera y ver como todos se van mientras yo me quedo recogiendo lo que dejan atrás. A veces tiran comida sin empezar porque las nuevas normas les impiden subirla al avión y yo la recojo y se le dejo a María, la anciana que duerme en la puerta del metro. Otras son libros manoseados o revistas que me llevo a casa. Esta mañana, sobre una mesa de metal de la sala cinco, un tipo alto se dejó un tetrabrick de leche sin abrir. Vi cómo se daba una niña antes de pasar el control de pasaportes y cómo él miraba para todos lados, incómodo, buscando dónde dejarlo. La niña le había dicho que se lo daba para que no le doliera el estómago en el viaje, por lo de la úlcera, y que le vería pronto. Pero a su espalda una mujer aguantaba las lágrimas con la vista fija en la punta de sus botas. El tipo alto ha pasado el control de pasaportes con su billete de ida en la mano.
Diez minutos antes, en la sala siete, una chica había dejado olvidada una rosa envuelta en papel transparente. La he recogido y la he puesto en mi carrito junto a una bolsa de patatas fritas que alguien dejó en la doce. Cuando el tipo alto ha enfilado el pasillo con el litro de leche agarrado apenas con dos dedos, he cruzado el control con la rosa en la mano y he ido hasta donde la niña decía adiós levantando una mano tan pequeña que hubiera cabido en una cajetilla de tabaco. Me he acercado y le he dicho:
—Tu papá ha comprado esto para ti en las tiendas de dentro, pero no puede salir a dártelo así es que he salido yo por él. Dice que te llamará en cuanto llegue.
La mujer de las lágrimas mal contenidas me ha mirado juntando las cejas en una interrogación invisible. Le he guiñado un ojo y me he dado la vuelta. Después he vuelto a mi trabajo, a recoger el litro de leche que Mará cenará esta noche. El tipo alto se ha girado, me ha mirado recogerlo de la mesa metálica y ha enfilado el pasillo de embarque. Cuando enseñaba el billete y el pasaporte a la azafata me he acercado y le he dicho:
—Llámala cuando llegues. Y he seguido mi camino hacia la sala nueve.
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miguel, domingo, 4. marzo 2007, 17:16
Inevitable
Por Miguel
Tomamos café en la cocina. Tú lo acompañas con galletas dietéticas, yo con galletas de dinosaurios, de los niños.
—¿Quieres que les vuelva a llevar mañana al colegio?
—No, Miguel. Puedes hacerlo cuando quieras, venir cuando quieras. Pero ahora al principio, preferiría que hicieses lo convenido. Un fin de semana sí y otro no. Hasta que pase un tiempo.
—Vale.
Mordisqueo la cabeza de un diplodocus.
—Lo digo por ellos, más que nada —insisto.
Isa levanta una ceja y me mira fijamente, dando a entender que todo esto ya lo hemos hablado. Así que yo miro mi café, mojo la galleta y me la zampo de un bocado.
Isa cruza los brazos y los apoya en la mesa. Me mira mientras como y sonríe.
—¿Qué? —pregunto.
—Estaba recordando la primera vez que desayunamos juntos. Sigues comiendo como un niño, mojando las galletas más de la cuenta, metiéndotelas en la boca a toda prisa.
—Soy un niño. Hago las cosas sin pensar y a veces meto la pata.
—Sí, demasiado a menudo.
—A los niños siempre les has perdonado los castigos.
—Y a ti. Siempre te he perdonado —dices, cogiendo mi mano—. No tiene nada que ver. Es algo inevitable.
En la radio, suena una canción de los Piratas. El cantante dice "Inevitable significa que no se puede parar". Desearía que la radio estuviera apagada. La canción ha puesto la palabra en tu boca. Se hace el silencio entre nosotros, y eso empeora las cosas. “quiero que te des cuenta que es imposible parar algo inevitable”.
Acaricias mi mano, la aprietas suavemente. Dices que me tengo que ir.
—Oye, tienes que irte. Vas a llegar tarde.
Hago una mueca que intenta parecer una sonrisa. Creo que ella no quiere que me vaya. No me refiero a ese momento, no quiere que me vaya de casa aunque es ella la que lo ha decidido. Y quizá yo no he hecho lo suficiente para convencerla, para hacerle ver que en realidad no lo quiere.
Nos levantamos. Voy a abrazarla, darle una caricia en el cuello, decirle que estamos haciendo una tontería. Pero ella adivina mis intenciones y me esquiva. Ahora que lo iba a lograr.
Me doy la vuelta y cojo el móvil. Tenemos el mismo modelo, los compramos a la vez, con un único contrato. Deliberadamente he cogido el de Isa. Nos despedimos en la puerta. Cae una lluvia fina. Subo al coche, conduzco una manzana y tuerzo a la derecha. En cuanto estoy fuera de su vista, detengo el coche y saco el móvil del bolsillo. Miro los mensajes recibidos, los enviados, las llamadas perdidas. Nada, ninguna pista.
Y me quedo allí, sentado en el coche, mirando el móvil, sin saber qué hacer, mirando el limpiaparabrisas recorrer el cristal una y otra vez. Encima no puedo quitarme de la cabeza la cancioncilla esa.
“Inevitable, ahora que lo iba a lograr”.
Evitable
Por Esperanza
Papá y mamá creen que van a separarse. Hace dos semanas que papá no duerme en casa pero la llama todas las noches. Ayer mismo oí desde el pasillo que ella le decía que podía venir a desayunar. Yo no tenía que estar en el pasillo y no pude decir nada, que luego mamá me regaña por cotilla. Por eso tampoco digo nada cuando llama Roberto y mamá le dice que necesita más tiempo, para que no se enfade conmigo ni me llame cotilla. Pero ayer no llamó.
Me he levantado pronto y he sacado las galletas de dinosaurios porque sé que a papá le encantan. Les muerde la cabeza y pelea con los dientes apretados. Por el borde de la boca se le escapa una gota de leche y mamá siempre le regaña y le dice “Miguel, coño, que parece un crío”. Pero se ríe porque a ella le gusta papá y a papá le gustan los dinosaurios. Si mamá fuese un dinosaurio no le mordería la cabeza. Le gusta mamá entera, con cabeza y todo.
Mientras desayunaban en la cocina papá me ha dejado su móvil para jugar a las bolas. Me encanta explotar bolas de colores y que toda la pantalla se quede limpia, como antes de empezar. Pero al final aparecen bolas y más bolas y no me da tiempo a explotarlas. Entonces me enfado y cambio de juego. A veces, cuando quiero salir de la pantalla de bolas le doy al botón equivocado y me salen los mensajes. Con el de mamá también me pasa porque son iguales. Los de Roberto los borro siempre y luego mamá se enfada y me dice que no me dejará más su teléfono pero siempre me perdona. Y eso que ella no sabe que ayer contesté a uno antes de borrarlo. No sé escribir muy bien así es que solo puse “no me llames más. Miguel vuelve a casa”. Y puse mucho cuidado en las faltas y en poner Miguel con mayúscula.
Yo también le arranco la cabeza a los dinosaurios antes de comérmelos. Papá me enseñó a hacerlo.
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miguel, viernes, 13. octubre 2006, 22:49
Instantaneas
Por Miguel
Al despertar por la mañana me he encontrado un montón de papeles rotos a mi lado. Están escritos a mano, con una letra que me resulta familiar. Me levanto y me acerco a la puerta, para comprobar que está cerrada. Ayer no vino nadie de visita así que ¿de quién es la nota?
Me preparo un café y todavía desnudo me siento en la mesa de la cocina. Es temprano así que tengo que encender la luz que hay encima de la mesa. Junto los papeles y empiezo a ordenar las piezas. Cuando acaba leo la frase en voz alta. Esta historia tiene su propia vida por encima de nosotros. Eso dice.
Ya sé quienes somos nosotros. A veces abrimos los ojos y nos llegan instantáneas, pero no sabemos ni la mínima parte de lo que sucede a nuestras espaldas. Pasa sin que nos enteremos.
Sin enterarnos
Por Esperanza
Esta mañana al despertar he encontrado una foto prendida en el espejo de la cómoda. Sale una mujer que se parece a mí pero algo mayor, abrazada a un hombre que me recuerda a Jorge, el chico que conocí ayer en la cafetería de la facultad.
He ido hasta el baño y el espejo estaba empañado, como si alguien acabara de usar la ducha. En el pasillo olía a café y tostadas. He caminado despacio hasta la cocina, tratando de recordar si anoche invité a alguien al salir de aquel bar tan ruidoso y entonces el tipo de la foto ha aparecido en calzoncillos, me ha besado y me ha dado los buenos días. De pronto he oído un llanto como de bebé que procedía del cuarto de invitados pero no me he atrevido a entrar.
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miguel, viernes, 13. octubre 2006, 22:20
Angela
Por Miguel
Cuando me desperté esta mañana tú ya estabas lista para marcharte. Duchada, arreglada, como si lo de anoche no te hubiese afectado. Con esa cara limpia y sin ojeras, tu uniforme inmaculado, sin una arruga.
Habías venido a verme tocar con unas amigas que no aguantaron más de dos canciones y se fueron a dormir. Luego me contaste que habías organizado la salida para tener una buena coartada.
Nos metimos unas rayas en el camerino y yo me tumbé en el sofá. ¿Te encuentras cómoda? Y abriste los brazos imitando un avión. Ahora mismo estoy flotando. Y viniste sobre mí.
Verte de uniforme me excitó. Sabía que trabajabas de guarda-jurado pero ahora no parecías la misma chica que se quitó las bragas y se arremangó la falda, que hizo el amor conmigo en el sofá mientras el resto de la banda andaba a lo suyo por el camerino. Por la mañana parecías un ángel al que no se puede llevar la contraria, dulce pero enérgica.
Me dijiste que te ibas, que nos veríamos esa noche en clase de yoga. Me guiñaste un ojo a modo de despedida. Supongo que me habías leído el pensamiento y no querías acercarte, arriesgarte a que te echara el guante y no te dejase marchar.
Y justo cuando ibas a cerrar, te diste la vuelta y me aconsejaste. No te metas en líos. Y no vengas por mi supermercado a robar bebida. Tendría mil ojos puestos sobre ti y al menor descuido te detendría.
Cerraste la puerta y te fuiste a trabajar.
Sí. Si alguien podía detenerme, sin duda era ella.
Esa sonrisa
Por Esperanza
Al despertar esta mañana he sentido un dolor espantoso en la cabeza. He intentado abrir los ojos pero se me han clavado mil agujas en los párpados. A oscuras he recordado al tipo de la cazadora verde que entró a robar en el supermercado. Desde que lo vi entrar me pareció raro, miraba todos los estantes pero no echaba nada en la cesta. Solo al llegar a la zona de las botellas había cogido una de champán. Entonces se acercó a mí, me puso un cuchillo en el cuello y empezó a pegar gritos para que todos se echaran al suelo. No llevo pistola porque aún no he aprobado el examen pero aunque la hubiera llevado no creo que hubiera hecho nada, no me pagan tanto como para jugarme la vida. Marisa, la cajera, le dio todo lo que había recaudado y el lo metió sin prisas en una bolsa de plástico, junto con la botella, utilizando solo la mano izquierda mientras sujetaba el cuchillo con la derecha. De pronto sentí menos presión en la garganta y, mientras decidía si trataba de pararlo, me golpeó fuerte en la cabeza y ya no supe más de él ni de lo que me rodeaba.
Al fin he conseguido abrir los ojos y he visto en la mesilla una copa de champán y sobre la silla la cazadora verde. Me he girado y lo he encontrado durmiendo, a mi lado, con la misma sonrisa que tenía en la puerta del supermercado, dos horas después del atraco, cuando me dijo:
-Te estaba esperando para disculparme.
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