Voces sordas
Por Esperanza
El chico de la imprenta me entrega el paquete con las invitaciones.
-Ya creía que no las iban a recoger. Quedan tres semanas para la boda –me dice-. Su novia se pondrá furiosa.
Sonrío y pago la factura. Mi novia ya está furiosa. Camino sin prisa por calles desiertas y aprieto el paquete bajo el brazo. El ascensor se detiene en el cuarto, el piso de Laura. Al abrir las puertas oigo la voz aguda de un locutor. Ella siempre deja la tele encendida porque no soporta el silencio. A veces la he encontrado dormida en el sofá frente a un partido de fútbol y con la radio de la cocina desgranando canciones de amor. Detengo mi mano cuando empezaba a buscar las llaves en el bolsillo. Dos semanas hace que no están ahí, desde que descubrió lo mío con Natalia.
Llamo al timbre y nadie responde. Agudizo el oído para captar sus pasos, descalza siempre, camino de la puerta pero solo me llega esa voz. Tal vez si llamo al teléfono consiga despertarla y así poder explicarle que Natalia no es nada, no es nadie.
-Hola has llamado a casa de Laura y Manuel, en este momento no podemos atenderte.
Cuelgo.
Llamo de nuevo al timbre. No hay pasos. Marco su móvil.
-Hola, soy Laura, en este momento no puedo atenderte.
Cuelgo.
La escalera está en silencio. Marco de nuevo el número de teléfono y espero hasta que acaba el mensaje a dos voces.
-Laura, cariño, he venido a pedirte perdón. Estoy en la puerta pero no me abres. ¿Estás ahí? ¿Me estás oyendo? Laura no me castigues, déjame entrar, por favor.
He levantado la voz y la vecina sale al rellano. Le explico que Laura se ha dormido con la televisión encendida y por eso no me oye. No desconfía de mí porque lleva tres años viéndome entrar en la casa.
-Yo tengo una llave, puedo abrirte.
Se lo agradezco y miro el paquete de papel marrón que empieza a romperse por la zona donde lo llevo agarrado.
La luz del salón está encendida y la televisión a un volumen altísimo. El sofá está vacío y una colilla humea aún en el cenicero. Hace mucho frío para tener la ventana abierta. Atravieso muy despacio la sala. Me asomo y la veo, tendida en la acera. El paquete marrón me golpea en el pie.
-Solo con que hubieras llamado a darme una explicación te habría perdonado.
Es la voz de la vecina, con esa falta de sentimientos que transmiten las voces al leer.
Le quito la carta de las manos y la guardo en el bolsillo. Apago el televisor y marco el número de la policía.
Ángel
Por Miguel
Juan caminaba por la calle del Ángel, buscando el apartamento de la amiga de Julia, donde ella se había ido después de que él la echase de su casa. Era el número 32, pero no lograba localizarlo. Estaba en un barrio residencial y cada edificio tenía alrededor un amplio jardín vallado. Con la tenue iluminación de las farolas y la humedad que lo difuminaba todo no lograba distinguir el número de los portales y no sabía si se habría pasado el que buscaba.
Volvió a intentar llamarla al móvil, pero de nuevo saltó el buzón de voz. No había otra forma de hacerlo, tenía que presentarse en la casa. "Si hay algo que deseo es estar contigo. No voy a renunciar sin más". Sí, eso le iba a decir. Que haría lo que fuese por ella. Estaba dispuesto a perdonar y olvidar. A pasar página. Había sido demasiado duro con ella, pero se había dado cuenta de su error.
Vio a una mujer asomada a la ventana de uno de los edificios. Juan se acercó, pensando en preguntarle por el número que buscaba. Casualmente, la puerta de acceso al jardín estaba abierta así que entró. La mujer no se había fijado en él, tenía la mirada concentrada en algún punto del edificio de enfrente. Llevaba puesto un camisón o una camisa blanca que se iluminaba y apagaba de forma intermitente, reflejando sin duda el televisor que estaba encendido en la habitación. Tenía una sonrisa extraña, misteriosa.
Al acercarse, Juan se fijó en el número del portal. El 32. Tal vez la mujer de la ventana era en realidad su ángel de la guarda, que le había guiado al sitio correcto. Llamó al timbre. Contestó Julia. "Soy Juan", dijo. "Te abro". Solo dos palabras, pero Juan sabía que ella se alegraba de que hubiese ido a buscarla. Empujó la puerta hasta dejarla fija y tras asegurarse de que no se iba a cerrar volvió a salir al jardín. Allí estaba la mujer, asomada aún a la ventana. Su cara irradiaba paz y felicidad. Deseó poder meterse en su mente, saber qué pensaba en ese preciso instante. Y compartir con ella su energía, su optimismo.