Última actualización: 17/6/04 16:00
Youre not logged in ... Login
Online desde hace 8691 días 
 

_______________________________________________________________________________________

Mercromina Por Miguel

En cuanto le puse un poco de mercromina, el niño dejó de llorar. Nunca fallaba, cada vez que se daban un golpe, se hacían una minúscula herida, todo se solucionaba con una gota de mercurocromo. Lo siguiente era echar a correr para enseñar su brazo con la mancha roja, su rodilla magullada teñida. Pequeñas medallas ganadas en la batalla. Soplé la herida inexistente para secar el líquido pero el niño empezó a dar tirones, con ganas de seguir jugando, con ganas de enseñar su codo restablecido milagrosamente.

Dolores seguía sentada en el patio, pelando patatas para la comida. Entré a la casa para dejar la mercromina en el botiquín y luego volví a salir al patio, con mi periódico. Solo miraba las esquelas, por si había alguien conocido. Del resto, apenas me enteraba de nada, no conocía a los políticos, a los ministros. En cuanto se pasaban los días ya no sabía a cuento de qué venía una determinada noticia. A Dolores no le funcionaba la vista y se empeñaba en no usar las gafas, a mí no me funcionaba la cabeza y cada día iba a peor. Ni siquiera podía distinguir a los niños que jugaban en el patio, mis nietos.

Tomaba unas pastillas rojas. Una por la mañana y otra por la noche. El médico decía que me vendrían bien pero para mí solo eran solo tonterías. Esas pastillas no curaban, solo retrasaban los hechos. Así que cada vez que empezaba un bote nuevo, escondiéndome de Dolores, cambiaba todas las pastillas por aspirinas, que primero teñía con la misma mercromina que también curaba las rodillas de mis nietos, esos desconocidos

Mercromina Por Esperanza

He abierto el armario del baño, buscando el dichoso botecito, y me ha venido a la cabeza una imagen.

Era el último día de curso y tú tenías que leer un trabajo sobre Modernismo y piedras preciosas en el salón de actos. Estabas tan guapa. Creo que era la primera vez que te veía con falda en la facultad.

-¿No crees que es muy corta? -Vamos, Jara, si estás preciosa. -Ya, pero estaré en la tarima, medio metro por encima de ellos, y con esta falda se me van a ver las bragas.

Me reí de tu comentario pero no pareció hacerte gracia. Ni siquiera me dejaste que te diera un beso, porque se te correría el maquillaje. Tomamos juntos un café, como todas las mañanas, y te ayudé a repasar tus notas. Rubén Darío, labios de rubí. Lo sabías todo de memoria.

De pronto bajaste la mirada y se te congeló el semblante.

-¿Qué pasa? ¿Has olvidado algo? -Mira –señalabas tu pierna- no puedo salir así.

Tardé en darme cuenta de que lo que te preocupaba era una pequeñísima carrera en las medias. A la altura de la rodilla.

-Vamos, no lo verá nadie. ¿Quién te va a mirar a las piernas?

Supe nada más decirlo, que había metido la pata. Tú gimoteabas sobre que eso arruinaría la exposición, que todos estarían pendientes. Pensé que ibas a echarte a llorar y me acordé de tu maquillaje. Eso si te lo destrozaría y no mi beso.

-Pintauñas. -¿Qué?

Hacía mucho tiempo que había asumido que yo siempre iba un par de minutos por detrás de ti.

-Pintauñas. Necesito pintauñas para que no vaya a más. Ahora no se nota mucho, pero si sigue bajando, parecerá una autopista.

Buscar pintauñas en una facultad no es tan fácil como pudiera parecer. Recorrimos el bar preguntado a todas las chicas si llevaban uno en el bolso. Supongo que nos tomarían por locos o creerían que intentábamos ganar algún tipo de apuesta. Nadie tenía laca de uñas.

-¡El bedel!

Ella me miró con cara de reproche. En los cinco años que la conocía no había visto ese gesto.

-Escucha, Jara, el bedel tal vez tenga algún barniz o pegamento. Yo qué sé, algo que nos sirva.

La garita del conserje estaba justo al lado de la puerta del salón de actos, en la planta baja. Cuando llegamos allí ya se agolpaba gente en el pasillo esperando la hora de entrar. Había previstas cinco intervenciones de alumnos y cada uno se había ocupado de decírselo a todos sus conocidos para sentirse arropado. También irían algunos catedráticos, profesores y becarios. Y al final había un vino. Vino español, decía el cartel de la entrada. Amigos, profesores y canaperos, lleno absoluto.

Jaime, el bedel, no tenía pegamento. Ni barniz. Ni ganas de ayudar. Pero una de las chicas de uniforme verde que barría los pasillos nos oyó suplicar.

-Mi hija se pinta con cristalmina, esa mercromina transparente, cuando no tiene brillo de uñas. Jaime podía no tener barniz ni pegamento, pero seguro que tenía un botiquín.

Volvimos a su garita de cristal abriéndonos paso entre un montón de gente que fumaba y hablaba muy alto. Ellos –pensé- no tienen que preocuparse por unas medias rotas. Y casi sentí envidia.

-Hay un botiquín abajo, junto a la fotocopiadora. Pero yo no puedo acompañaros.

Supongo que tu cara de niña que acaba de perder su pulserita de primera comunión le dio pena y nos dio una llave oxidada.

-La segunda puerta del pasillo, una planta más abajo. Y no se os ocurra tocar nada, que encima me busco un lío.

Bajamos las escaleras casi corriendo y encontramos la puerta. No tenía nada escrito, pero la llave abría, así es que habíamos acertado. Era un cuarto sin ventana, oscuro, y con una bombillita pequeña colgando del techo. En la pared había un cajón con una cruz roja y te lanzaste sobre él como si te fuera la vida en ello.

-Mercromina, Luis, solo hay mercromina.

Te sentaste en el suelo, llorando. Derrumbada. Me acerqué a consolarte, qué importaba una carrera. Tal vez tuvieras que hablar detrás de un atril y ni se te vería. Pero no escuchabas, solo pasabas la mano por encima de la malla rota de las medias.

-Tal vez, si ponemos muy poquita, sirva. Una gotita no se notará, ya verás.

Me senté a tu lado, en el suelo, y abrí el bote. Tenía un cuentagotas y parecía fácil usarlo. Podía oír tu respiración y oler tu perfume. Te imaginé frente a un espejo, echando con cuidado gotitas de perfume en tu escote, detrás de las orejas. Poco a poco dejabas de llorar.

-Ahora te limpiaré la cara. Que pareces una muñeca sucia.

Mojé con mi saliva un pañuelo y, cuando iba a pasártelo por la cara, agarraste mi mano y pusiste en él tu propia saliva. Supongo que el estrés te hizo olvidar todas tus normas, me besaste tan fuerte que el labio me ardía. Me dejé llevar. Nos dejamos llevar. Hicimos el amor sobre el suelo polvoriento sin pensar en que alguien podía abrir la puerta ni en los pocos minutos que quedaban para tu charla. La habitación era muy pequeña y me golpeé contra una estantería en el brazo. Oí rasgarse tus medias cuando intentaba arrancártelas pero no hice caso. Llevaba cinco años soñando contigo y oyéndote hablar de la equivocación que supondría liarse con un compañero.

Unos minutos después le devolvíamos la llave al bedel.

-No había, pero gracias. -¿No habréis tocado nada?

Seguimos andando hacia el salón de actos sin contestarle. Te vi subir a la tarima. La camisa un poco arrugada y la falda llena de polvo. De pronto me di cuenta del borrón rojo a la altura de tu rodilla. No recordaba dónde había dejado el bote de mercromina pero estaba claro que no lo había tapado bien. Tal vez en el ajetreo lo tiramos. O rodamos sobre él. Recé para que no lo vieras.

-Mira esa –oí una voz detrás de mí- cómo se ha pasado con la mercromina. Por lo menos, podría haberse puesto unas medias.

Metí la mano en el bolsillo de la cazadora y toqué las medias arrugadas. Me excité sin querer y temí que alguien lo notase.


-Venga, Luis, que es para hoy. Tu voz me ha espabilado de golpe. Camino despacio hacia el salón, jugando con el bote entre los dedos. Siento el calor de la sangre que se agolpa pero ahora me no importa que se note.



... Link


_______________________________________________________________________________________

Sucedió el año anterior Por Miguel

Sucedió el año anterior, cuando todavía estabamos juntos. Nos habíamos ido a la playa y como niños habíamos construido un pequeño poblado de arena. Alrededor de la casa principal, nuestra casa, una especie pirámide con una puerta y dos pequeñas ventanas, habíamos levantado otras más pequeñas para los vecinos, el colegio, el parque, la panadería.

Tras un rato de trabajo, nos pusimos de pie para darnos un baño y contemplamos nuestra obra sintiéndonos un poco como dioses. Podíamos hacer lo que quisiéramos. Fuese lo que fuese estaría bien. Al volver del agua, alguien había destruido nuestro poblado y solo quedaba en pie nuestra casa, con su pequeño muro alrededor. Recuerdo tu risa, señalando el caos en que se había convertido nuestro mundo. Y abrazándome dijiste: “así es nuestro amor, no importa lo que pase, nada podrá derribarlo”.

Nueva casa Por Esperanza

Hoy he ido a ver otra casa. No sé cuántas he visto en los últimos meses, desde que decidí mudarme. A todas les encuentro un fallo. La de hoy era una de esas que ahora llaman unifamiliares y que toda la vida se han llamado chalés. La chica de la agencia me la iba enseñando habitación por habitación. Después de ver toda la casa, hemos salido al jardín. Estaba rodeado por un muro bajo que permitía ver un parque infantil y las casas de los vecinos. Estirando el cuello, al final de la calle, he adivinado un colegio.

-¿Y la panadería?

La vendedora me ha mirado con cara de susto. Supongo que he roto sus esquemas de venta.

-Hay un supermercado tres calles más arriba. Abre los domingos porque es zona turística. -No, no, panadería. -Venden pan en el supermercado. -Pa-na-de-rí-a –esta vez se lo he dicho despacito.

Ha sido una pena porque la casa me gustaba. Y lo más curioso de todo, es que no como pan. Hace más de un año, cuando nos separamos, que dejé de comerlo.



... Link


_______________________________________________________________________________________

Rebajas Por Esperanza

Ana está helada. No siente los pies de tanto patear el callejón. Sabía yo –se dice- que a final de mes hay pocos clientes. En el bolsillo lleva la carta arrugada que le mandó la Nati cuando se fue a Tenerife. Ella sí que sabe. Nunca hace frío en Tenerife. Se acerca un coche despacio y asoma una cabeza. No es muy guapo pero los ha sufrido peores.

-¿Cuánto?

Ana aprieta el sobre arrugado.

-Vamos, guapo, que hoy estoy de rebajas.

Saldo Por Miguel

Venía cargada de bolsas. De Zara, Stradivarius, todo tiendas juveniles. Yo tomaba un café en la terraza del Moderno, junto al paso de peatones. Cuando estaba a mi lado tropezó y cayó encima de mí. Me eché a reír y le ayudé a recoger las bolsas. “Yo también estoy de rebaja” –le dije. Ella colocó todas las bolsas en una de las sillas vacias, abrió su bolso y sacó un rotulador rojo. Sujetándome por la barbilla, escribió algo en mi frente despejada y luego recogió sus paquetes. “Suerte, chato”. Me quedé mirando como se alejaba con gesto decidido y luego me levanté a mirar mi reflejo en el escaparate del bar. Había escrito la palabra “Saldo”.



... Link


_______________________________________________________________________________________

Taxi Por Esperanza

Madrid es un caos circulatorio. Hace tiempo que decidí aparcar mi coche y moverme en taxi por la ciudad. Ya me siento en ellos como en el salón de mi casa y aprovecho si el trayecto es largo para leer, tomar notas. A veces retoco el maquillaje y una vez recuerdo que me pinté las uñas pese a la cara de desagrado del taxista. Prefiero los que llevan emisora porque el conductor va atento a los avisos y no suele darme conversación. Ayer mismo cogí uno para llegar a la Cruz Roja. Es la otra punta de Madrid pero no iba provista de libro, ni cuaderno, ni nada que me entretuviera. La voz de la emisora pedía taxis para gente que, como yo, decidió aparcar su coche.

-Algún coche que finalice o próximo a Cuatro Caminos.

Mi conductor contestó a la llamada dando la dirección a la que yo iba.

-Finalizando en calle Juan Montalvo, ¿ninguno mejor para Cuatro Caminos?

Corto silencio.

-287, Glorieta de Cuatro Caminos, 3. Pregunte en recepción por el señor Indalecio Carrancos. Es para el aeropuerto.

Me quedé muda. ¿Cuántos Indalecio Carrancos puede haber? ¿No es curioso que sea un taxi el que me traiga tu recuerdo?

Cosas que olvidé en un taxi Por Miguel

No suelo viajar demasiado en taxi pero casi siempre que lo hago, me olvido alguna cosa al salir.

Una vez olvidé un paraguas. Nunca había usado, así que me compré uno barato, aunque muy aparente, con su mango de madera de raíz. Al bajar del taxi ya no llovía así que tardé varios días en darme cuenta de su falta.

Otra ocasión fue aquella pluma que acabábamos de comprar en un anticuario. El paquete, primorosamente envuelto en papel de color negro, con una cinta plateada alrededor, se quedó en el asiento. Entonces aún tenía la ilusión de ser escritor.

La última vez me olvidé de ti y descubrí que ya no te necesitaba.



... Link


_______________________________________________________________________________________

Porcelana china Por Esperanza

Se esforzó desde niña para conseguir que aquellos diecisiete platos de porcelana china giraran sobre palillos blancos de metal. Siempre caía alguno. La porcelana resbalaba sobre el metal y el plato golpeaba contra su cuerpo, produciéndole una pequeña herida o un moratón, en el mejor de los casos. Ideó, tras muchos intentos, un sistema nuevo. Pegó cuidadosamente una tiza en el extremo de cada varilla para asegurar mayor adherencia.

La noche de su estreno ante el gran público se vistió con un traje azul celeste y salió a la pista. Cuando los platos empezaron a caer sobre ella, cogió un palo en cada mano y empezó a garabatear con la tiza en el suelo. Al acabar su dibujo, se escuchó una ovación bajo la carpa.

Malabares Por Miguel

Sobre un suelo de imanes se había empeñado en hacer sus juegos malabares. Lanzaba las bolas, pequeños rodamientos de metal, en la dirección adecuada pero estas seguían curvas imposibles, traspasando sus manos al caer, directas al suelo la mayoría de las veces. No se puede decir que no lo intentase.

Hacían un ruido seco al tocar el suelo y luego apenas rodaban, breves. Un segundo. Sonoros fracasos, uno tras otro.

El día de su redención salió tras él la chica nueva, vestida con un traje largo azul celeste. Diecisiete platos de porcelana girando sobre palillos blancos de metal. El final fue lo mejor: tiró todos los platos al suelo y utilizando uno de los palillos, hizo un dibujo sobre el que llovieron pétalos de rosa rojos. Ese día por fin entendió lo equivocado que estaba.



... Link


 

Made with Antville RSS Feed Helma Object Publisher