Mercromina
Por Miguel
En cuanto le puse un poco de mercromina, el niño dejó de llorar. Nunca fallaba, cada vez que se daban un golpe, se hacían una minúscula herida, todo se solucionaba con una gota de mercurocromo. Lo siguiente era echar a correr para enseñar su brazo con la mancha roja, su rodilla magullada teñida. Pequeñas medallas ganadas en la batalla. Soplé la herida inexistente para secar el líquido pero el niño empezó a dar tirones, con ganas de seguir jugando, con ganas de enseñar su codo restablecido milagrosamente.
Dolores seguía sentada en el patio, pelando patatas para la comida. Entré a la casa para dejar la mercromina en el botiquín y luego volví a salir al patio, con mi periódico. Solo miraba las esquelas, por si había alguien conocido. Del resto, apenas me enteraba de nada, no conocía a los políticos, a los ministros. En cuanto se pasaban los días ya no sabía a cuento de qué venía una determinada noticia. A Dolores no le funcionaba la vista y se empeñaba en no usar las gafas, a mí no me funcionaba la cabeza y cada día iba a peor. Ni siquiera podía distinguir a los niños que jugaban en el patio, mis nietos.
Tomaba unas pastillas rojas. Una por la mañana y otra por la noche. El médico decía que me vendrían bien pero para mí solo eran solo tonterías. Esas pastillas no curaban, solo retrasaban los hechos. Así que cada vez que empezaba un bote nuevo, escondiéndome de Dolores, cambiaba todas las pastillas por aspirinas, que primero teñía con la misma mercromina que también curaba las rodillas de mis nietos, esos desconocidos
Mercromina
Por Esperanza
He abierto el armario del baño, buscando el dichoso botecito, y me ha venido a la cabeza una imagen.
Era el último día de curso y tú tenías que leer un trabajo sobre Modernismo y piedras preciosas en el salón de actos. Estabas tan guapa. Creo que era la primera vez que te veía con falda en la facultad.
-¿No crees que es muy corta?
-Vamos, Jara, si estás preciosa.
-Ya, pero estaré en la tarima, medio metro por encima de ellos, y con esta falda se me van a ver las bragas.
Me reí de tu comentario pero no pareció hacerte gracia. Ni siquiera me dejaste que te diera un beso, porque se te correría el maquillaje. Tomamos juntos un café, como todas las mañanas, y te ayudé a repasar tus notas. Rubén Darío, labios de rubí. Lo sabías todo de memoria.
De pronto bajaste la mirada y se te congeló el semblante.
-¿Qué pasa? ¿Has olvidado algo?
-Mira –señalabas tu pierna- no puedo salir así.
Tardé en darme cuenta de que lo que te preocupaba era una pequeñísima carrera en las medias. A la altura de la rodilla.
-Vamos, no lo verá nadie. ¿Quién te va a mirar a las piernas?
Supe nada más decirlo, que había metido la pata. Tú gimoteabas sobre que eso arruinaría la exposición, que todos estarían pendientes. Pensé que ibas a echarte a llorar y me acordé de tu maquillaje. Eso si te lo destrozaría y no mi beso.
-Pintauñas.
-¿Qué?
Hacía mucho tiempo que había asumido que yo siempre iba un par de minutos por detrás de ti.
-Pintauñas. Necesito pintauñas para que no vaya a más. Ahora no se nota mucho, pero si sigue bajando, parecerá una autopista.
Buscar pintauñas en una facultad no es tan fácil como pudiera parecer. Recorrimos el bar preguntado a todas las chicas si llevaban uno en el bolso. Supongo que nos tomarían por locos o creerían que intentábamos ganar algún tipo de apuesta. Nadie tenía laca de uñas.
-¡El bedel!
Ella me miró con cara de reproche. En los cinco años que la conocía no había visto ese gesto.
-Escucha, Jara, el bedel tal vez tenga algún barniz o pegamento. Yo qué sé, algo que nos sirva.
La garita del conserje estaba justo al lado de la puerta del salón de actos, en la planta baja. Cuando llegamos allí ya se agolpaba gente en el pasillo esperando la hora de entrar. Había previstas cinco intervenciones de alumnos y cada uno se había ocupado de decírselo a todos sus conocidos para sentirse arropado. También irían algunos catedráticos, profesores y becarios. Y al final había un vino. Vino español, decía el cartel de la entrada. Amigos, profesores y canaperos, lleno absoluto.
Jaime, el bedel, no tenía pegamento. Ni barniz. Ni ganas de ayudar. Pero una de las chicas de uniforme verde que barría los pasillos nos oyó suplicar.
-Mi hija se pinta con cristalmina, esa mercromina transparente, cuando no tiene brillo de uñas.
Jaime podía no tener barniz ni pegamento, pero seguro que tenía un botiquín.
Volvimos a su garita de cristal abriéndonos paso entre un montón de gente que fumaba y hablaba muy alto. Ellos –pensé- no tienen que preocuparse por unas medias rotas. Y casi sentí envidia.
-Hay un botiquín abajo, junto a la fotocopiadora. Pero yo no puedo acompañaros.
Supongo que tu cara de niña que acaba de perder su pulserita de primera comunión le dio pena y nos dio una llave oxidada.
-La segunda puerta del pasillo, una planta más abajo. Y no se os ocurra tocar nada, que encima me busco un lío.
Bajamos las escaleras casi corriendo y encontramos la puerta. No tenía nada escrito, pero la llave abría, así es que habíamos acertado. Era un cuarto sin ventana, oscuro, y con una bombillita pequeña colgando del techo. En la pared había un cajón con una cruz roja y te lanzaste sobre él como si te fuera la vida en ello.
-Mercromina, Luis, solo hay mercromina.
Te sentaste en el suelo, llorando. Derrumbada. Me acerqué a consolarte, qué importaba una carrera. Tal vez tuvieras que hablar detrás de un atril y ni se te vería. Pero no escuchabas, solo pasabas la mano por encima de la malla rota de las medias.
-Tal vez, si ponemos muy poquita, sirva. Una gotita no se notará, ya verás.
Me senté a tu lado, en el suelo, y abrí el bote. Tenía un cuentagotas y parecía fácil usarlo. Podía oír tu respiración y oler tu perfume. Te imaginé frente a un espejo, echando con cuidado gotitas de perfume en tu escote, detrás de las orejas. Poco a poco dejabas de llorar.
-Ahora te limpiaré la cara. Que pareces una muñeca sucia.
Mojé con mi saliva un pañuelo y, cuando iba a pasártelo por la cara, agarraste mi mano y pusiste en él tu propia saliva. Supongo que el estrés te hizo olvidar todas tus normas, me besaste tan fuerte que el labio me ardía. Me dejé llevar. Nos dejamos llevar. Hicimos el amor sobre el suelo polvoriento sin pensar en que alguien podía abrir la puerta ni en los pocos minutos que quedaban para tu charla. La habitación era muy pequeña y me golpeé contra una estantería en el brazo. Oí rasgarse tus medias cuando intentaba arrancártelas pero no hice caso. Llevaba cinco años soñando contigo y oyéndote hablar de la equivocación que supondría liarse con un compañero.
Unos minutos después le devolvíamos la llave al bedel.
-No había, pero gracias.
-¿No habréis tocado nada?
Seguimos andando hacia el salón de actos sin contestarle. Te vi subir a la tarima. La camisa un poco arrugada y la falda llena de polvo. De pronto me di cuenta del borrón rojo a la altura de tu rodilla. No recordaba dónde había dejado el bote de mercromina pero estaba claro que no lo había tapado bien. Tal vez en el ajetreo lo tiramos. O rodamos sobre él. Recé para que no lo vieras.
-Mira esa –oí una voz detrás de mí- cómo se ha pasado con la mercromina. Por lo menos, podría haberse puesto unas medias.
Metí la mano en el bolsillo de la cazadora y toqué las medias arrugadas. Me excité sin querer y temí que alguien lo notase.
-Venga, Luis, que es para hoy.
Tu voz me ha espabilado de golpe.
Camino despacio hacia el salón, jugando con el bote entre los dedos. Siento el calor de la sangre que se agolpa pero ahora me no importa que se note.