Última actualización: 17/6/04 16:00
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Camarera Por Esperanza

Me gusta la ensalada César porque el pollo cruje al masticarlo. Pero desde que entré a trabajar en la cocina dejé de pedirla. Casi dejé de comer. Ahora he conseguido que me pasen a sala y, pese a los clientes babosos, a sus hijos maleducados y a haber tenido que taparme los tatuajes, trabajo mucho mejor. Es pura rutina. Sonrío, anoto las bebidas, vuelvo a la mesa, sonrío, tomo el pedido, sonrío. Mientras camino por entre las mesas escucho retazos de conversación y trato de imaginar el resto.

-Si eso, dame tu número por si tengo que llamarte –intenta ligársela.

-Te prometo que apruebo todo si me compras el móvil. Todos en mi clase lo llevan –los niños de hoy en día son un chantajistas.

En la mesa siete se ha sentado Canoso. A veces los bautizo si son clientes fijos. Canoso viene un par de veces al mes, pide mesa de no fumador y le cuenta a la mujer que lo acompaña, cada vez una diferente, la gracia que le hace el sitio, que nunca había entrado, que rara vez sale porque tiene mucho estrés y poca vida privada. Unas veces es comercial de una empresa de informática, otras director financiero, las más, empresario. Paga la cuenta sin dejar que ellas colaboren. En efectivo, sin tarjetas, sin nombre.

Canoso no me cae bien. Me da asco ver cómo se le escurre la mayonesa entre los dedos cuando engulle la hamburguesa. Y cómo mastica el pollo de la ensalada con la boca abierta. La misma boca que acerca a la chica, invadiendo su espacio. Los mismos dedos con los que le acaricia la pierna bajo la mesa.

-Buenas noches. ¿Hoy también tomará la ensalada César?

-¿Cómo? Creo que me confunde, no suelo venir a este tipo de sitios –me clava una mirada de odio y sonrío.

Pide pasta, por primera vez. Y una cerveza.

-¿Mahou, sin copa?

No puedo decirle cuánto me repugna pero al menos le he obligado a comer pasta y beber cerveza alemana en vaso. Tal vez al salir ponga una queja por el servicio. Pero lo que es seguro es que no volverá por aquí.

Mientras llega su comida Canoso y su amiga han decidido ir al baño. Catará la mercancía, supongo. Sobre la mesa ha dejado el tabaco, aunque sea una mesa de no fumadores, un periódico y el móvil. Me encantaría que se lo robasen y verle salir de aquí pegando gritos. Es un móvil pequeñito. Las mesas de alrededor están vacías. Lo escurro en mi bolsillo y camino hacia la cocina.

Cuando Canoso vuelve a la mesa le veo buscar desesperado por sus bolsillos, por el suelo. Entonces me acerco y le tiendo el móvil:

-Temí que alguien pudiera robárselo.

Casa. Todos archivamos nuestro teléfono en la agenda. Su mujer tiene la voz dulce.

Un chico espera en la entrada. Pide mesa de no fumadores y le acompaño. Viene solo, con un periódico de los que reparten en el metro. Le sonrío y le tiendo una carta.

Mentiras Por Miguel

La camarera me acompañó a la mesa individual en la zona de “no fumadores” y me dejó una carta. Mientras decidía qué iba a cenar, no pude evitar escuchar la conversación de la pareja que tenía a mi lado. Apenas había separación entre nuestras mesas, lo justo para permitir el paso de una persona, de forma que cuando regresó la camarera no había pensado aún que iba a tomar, pero ya sabía unas cuantas cosas del hombre que se sentaba a mi lado. Él llevaba la voz cantante y la chica, que tendría unos veinticinco años, la mitad que su acompañante, se limitaba a sonreír, asentir y de vez en cuando hacer alguna pregunta pidiendo más detalles.

Cuando volvió por segunda vez la camarera, pedí una ensalada de pasta y una cerveza. Los pocos minutos que llevaba en el Vips habían sido suficientes para hacerme una idea de la situación. La chica hablaba un castellano correcto, pero con acento. Por su aspecto suponía que era polaca, rumana o de algún país de la Europa del Este. Y también suponía que después de la cena habría algún intercambio de fluidos bien remunerado.

Mientras yo devoraba mi ensalada, el hombre le iba contando su historia a la chica. Sus padres habían llegado a Madrid desde Extremadura. Vinieron con lo puesto y trabajaron toda su vida, él en la construcción, ella limpiando en una casa. La chica del este no dejaba de sonreír. “Yo también vine con lo puesto” –se limitó a añadir. Pero su acompañante apenas escuchaba. Seguía contando su historia, como él había estudiado empresariales, como había empezado con una pequeña promotora de construcción y lo bien que le iba ahora. Les había regalado una casa enorme a sus padres, con jardín. Su padre se pasaba el día viendo la televisión, su madre limpiando la casa, por que tiene tantas habitaciones que no se puede descuidar. “Ya ves, estos viejos, cuando les das todo lo que necesitan, ya no saben qué hacer”.

Al principio la situación me divertía, pero la chica cada vez estaba más aburrida y no dejaba de mirarme. No soporto que me observen mientras estoy comiendo. Entonces sonó el móvil del hombre. Él lo cogió de forma distraída y preguntó quién era. Al oír la respuesta no pudo evitar pegar un pequeño salto en su asiento. Entonces se alejó lo más posible de la chica, inclinado hacia abajo, a unos centímetros de mí. Era imposible no escuchar la conversación, incluso la voz de la mujer que había llamado.

–Hola cariño –dijo el hombre. –¿Dónde estás? –preguntó la mujer. –Estoy con un cliente, ¿y tú? –En casa. Te he llamado a la oficina y no me contestabas. –Sí, ahora mismo estamos en el Vips, reponiendo fuerzas. ¿Qué querías? –Saber si ibas a venir a cenar. ¿Cómo se llama tu cliente? –Joaquín, Joaquín Pérez. No le conoces.

El hombre miró a su compañera de mesa, sonriendo, y volvió a inclinarse, alejándose lo más posible de ella.

–Joaquín te envía un saludo, por cierto –añadió. –Bueno, pues dile que se ponga un segundo, y así le pido que no te entretenga mucho.

Mi vecino se puso colorado. Me miró y por un segundo pensé que me iba a ofrecer el teléfono, para que saludase a la que suponía era su mujer. Yo miré al frente y, como casualmente pasaba la camarera, le pedí la cuenta.

–Cariño, ¿cómo le voy a decir que se ponga? Anda. Buenas noches. Acuéstate –le dijo. –Verás, capullo –la voz de la mujer sonaba claramente por el móvil –Estás en un Vips, pero no en el más cercano a tu oficina precisamente. Con una rubia, que ni siquiera te habrás ligado. ¿Cuánto te va a cobrar?

Yo no sabía si la chica rubia estaría escuchando la conversación igual que yo, pero seguramente podía intuir la mayor parte. El hombre cada vez estaba más agachado, tapando el auricular con la mano, pero apenas lograba amortiguar la voz firme de su mujer.

–No digas tonterías, no estoy con nadie. ¿Ya has estado bebiendo otra vez? –intentó contraatacar mi vecino. –Me da la risa, no sabes mentir. Además te estoy viendo.

El hombre empezó a mirar a su alrededor, intentando descubrir donde estaba su mujer. Estaba muy nervioso. Su frente brillaba y en cualquier momento empezarían a caerle gotas de sudor.

–No estás aquí. Si estuvieras y fuese verdad ya te habrías acercado a montar el numerito. Es tu especialidad, ¿recuerdas? –La chica, la rubia. Lleva una camisa blanca –por el teléfono se escuchó a la mujer, riéndose triunfal.

La camarera me trajo la cuenta. Le dejé el importe justo, más una propina. Al levantarme miré a la chica rubia y le hice un gesto, moviendo los ojos en dirección a la salida. Ella sonrió, movió la cabeza asintiendo, y se puso de pie.



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Una carta en un restaurante Por Miguel

La camarera me acompaño hasta una mesa en la zona de “no fumadores” del restaurante. Mientras yo tomaba asiento, ella metió la mano en la chaqueta del uniforme y sacó un sobre blanco, que dejó encima de mi mesa. «¿Qué es esto» -pregunté. «La carta» -me contestó sin inmutarse. Mientras la camarera se alejaba, examiné perplejo el sobre, más sorprendido si cabe al encontrar mi nombre como destinatario. Leí la carta, una preciosa carta de amor, aguantando las lágrimas y al terminar me puse en pie. La camarera se acercó a mí. «Me temo que no tengo apetito, lo siento» -le dije. «¿Tal vez el señor solo desea tomar una copa?» -contestó, dándose la vuelta. Le seguí hasta el bar y allí estabas, tras la barra. Me senté en uno de los sitios libres y pedí una copa de vino.

Por Esperanza

Traje azul, corbata rosa, camisa de rayas. Van tres hoy. Luego dicen que no llevan uniforme. Y me llaman por mi nombre. Pero no tiene misterio, llevo una placa. Yo, en cambio, me sé sus nombres de oírlos. Y sus gustos. Y sus vidas. Ellos tienen vida.

Vaquero azul, camisa negra. Siempre un libro bajo el brazo y ni una sola palabra en diez meses. Él es distinto. Una tarde se dejó el libro olvidado en la mesa, con una tarjeta de visita como marcapáginas. Por eso sé su nombre. Porque él quiso que lo supiera.



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Por Berna Wang

El taxista dijo: «Está usted tan guapa y tan elegante, que dan ganas de invitarla a bailar.»

Por Esperanza

-¿Baila? -me dijo. -Nunca bailo con quien me trata de usted.

Y ahora, años después, mientras espero un taxi que me lleve a su boda, me pregunto qué habría pasado.

Por Miguel

Ese día, el trabajo en el taxi pasó volando. Me había atrevido a decirle lo guapa que estaba a una clienta y le había invitado a bailar. Medio en broma, como un cumplido. Pero ella había aceptado. «Me encanta bailar. Déjame tu teléfono y te llamo». Eso había dicho, que me llamaría. Cuando acabé mi turno eché un vistazo al taxi, un poco de limpieza, y allí, tirado en el suelo, estaba el papelito con mi número de teléfono. Supongo que no me sorprendió.



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Perfume Por Esperanza

Llevo meses buscando un perfume, ese perfume. He recorrido tiendas especializadas por todo Madrid, pero nadie sabe dar con lo que quiero. Y hoy, al levantarme, lo he olido. La almohada, mi pelo, las sábanas, no sabría decir. He ido al baño y he abierto su armario. Tres gotas del perfume que le regalé en Navidad. Sobre él, tres gotas más de la marca que lleva conmigo desde los quince años. Después he ido al bolso. He sacado un frasquito diminuto que me regaló la dependienta. Que lo pruebe primero, y después me dices. Cómo explicarle que a un amante no se le llevan esencias para que pruebe, que hay que arriesgar en el regalo. Y ahora sí, las tres gotas del perfume prohibido y por fin el olor que llevo años buscando.

Nostalgia Por Miguel

Me detuve y olfateé a mi alrededor. Como un sabueso. Debía ser él, el tipo que miraba el expositor de corbatas. Me puse a rebuscar entre un montón de carteras de bolsillo, mirando de reojo. El hombre dejó las corbatas y se dirigió a las escaleras mecánicas del centro comercial. Le seguí y en las escaleras me situé en el escalón contiguo al suyo. Mientras bajábamos volví a oler su perfume, aspirándolo como un drogata, imposible resistirse. En el segundo tramo el hombre pareció notar algo raro, y descendió un escalón más, alejándose de mí, aunque no lo suficiente para impedirme disfrutar de su olor. Luego dejé de seguirle y le perdí de vista.

Mónica usaba colonia de hombre, no recuerdo la marca. La última vez que había estado en casa también había sido la última que nos habíamos visto y aquel día, por la mañana, antes de que le acompañase a la estación, había notado que olvidaba deliberadamente su frasco de colonia en mi armario del baño. “Llévatelo —le dije—. Yo no la voy a usar”. Pero ella sonrió y me dijo que apenas quedaba. “Déjala ahí, no te preocupes”. Sabíamos que aquella era la última vez que nos íbamos a ver como amantes, así que no entendía el motivo de aquel abandono. Al volver a casa había cambiado el frasco de sitio, lo había enterrado en el botiquín.

Salí del Corte Inglés y regresé a casa. Una vez allí abrí la caja de las medicinas. En una esquina estaba el frasco. Lo abrí y me eché un poco de colonia en el cuello. Había perdido su frescura pero el olor era ese. De pronto la añoraba tanto.



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Evasivas Por Miguel

Yo pensaba que ese disco era "nuestro" disco. Al menos para mí lo era. El disco que pusimos cuando nos enrollamos, el que poníamos en ocasiones especiales. Cuando sonaba alguna de las canciones en la radio o la pinchaban en un bar siempre pensaba en ti. Si estábamos juntos nos besábamos.

Pude adelantar el viaje y decidí no avisarte. Al entrar en casa me sorprendió escuchar la dulce voz de María Creuza dando vueltas por el salón, al ritmo de nuestro viejo vinilo que también giraba en el tocadiscos. La iluminación era tenue, había dos copas vacías sobre la mesa. Despacito, porque se me había caído el alma a los pies y cada paso que daba dolía, fui hasta nuestra habitación. Al menos no anduviste con evasivas estúpidas. "Sí, es lo que parece" —dijiste.

Por Esperanza María ha llegado tarde a trabajar. Las bolsas rosas que cuelgan de sus ojos delatan que anoche hubo algo más que un ataque de alergia. Siempre presume de poder amar a dos hombres sin que ninguno note la merma de cariño pero sospecho que algo ha fallado. Tal vez sea su mirada ausente, tal vez el vinilo de María Creuza que ha tirado, hecho trozos, a la papelera.

Sea como fuera, no he querido preguntarle por no inmiscuirme pero me ha hecho recordar a alguien que me regaló ese mismo disco, hace años. Era el día de los enamorados y me lo regaló envuelto en papel amarillo. Yo, a cambio, le regalé una notita escrita en tinta azul "vale por un beso". Le dije que podría canjearlo cuando quisiera. Pasaron unas horas y le vi de la mano de otra chica. "No es lo que parece" me dijo. Odio esa frase.



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