Camarera
Por Esperanza
Me gusta la ensalada César porque el pollo cruje al masticarlo. Pero desde que entré a trabajar en la cocina dejé de pedirla. Casi dejé de comer. Ahora he conseguido que me pasen a sala y, pese a los clientes babosos, a sus hijos maleducados y a haber tenido que taparme los tatuajes, trabajo mucho mejor. Es pura rutina. Sonrío, anoto las bebidas, vuelvo a la mesa, sonrío, tomo el pedido, sonrío. Mientras camino por entre las mesas escucho retazos de conversación y trato de imaginar el resto.
-Si eso, dame tu número por si tengo que llamarte –intenta ligársela.
-Te prometo que apruebo todo si me compras el móvil. Todos en mi clase lo llevan –los niños de hoy en día son un chantajistas.
En la mesa siete se ha sentado Canoso. A veces los bautizo si son clientes fijos. Canoso viene un par de veces al mes, pide mesa de no fumador y le cuenta a la mujer que lo acompaña, cada vez una diferente, la gracia que le hace el sitio, que nunca había entrado, que rara vez sale porque tiene mucho estrés y poca vida privada. Unas veces es comercial de una empresa de informática, otras director financiero, las más, empresario. Paga la cuenta sin dejar que ellas colaboren. En efectivo, sin tarjetas, sin nombre.
Canoso no me cae bien. Me da asco ver cómo se le escurre la mayonesa entre los dedos cuando engulle la hamburguesa. Y cómo mastica el pollo de la ensalada con la boca abierta. La misma boca que acerca a la chica, invadiendo su espacio. Los mismos dedos con los que le acaricia la pierna bajo la mesa.
-Buenas noches. ¿Hoy también tomará la ensalada César?
-¿Cómo? Creo que me confunde, no suelo venir a este tipo de sitios –me clava una mirada de odio y sonrío.
Pide pasta, por primera vez. Y una cerveza.
-¿Mahou, sin copa?
No puedo decirle cuánto me repugna pero al menos le he obligado a comer pasta y beber cerveza alemana en vaso. Tal vez al salir ponga una queja por el servicio. Pero lo que es seguro es que no volverá por aquí.
Mientras llega su comida Canoso y su amiga han decidido ir al baño. Catará la mercancía, supongo. Sobre la mesa ha dejado el tabaco, aunque sea una mesa de no fumadores, un periódico y el móvil. Me encantaría que se lo robasen y verle salir de aquí pegando gritos. Es un móvil pequeñito. Las mesas de alrededor están vacías. Lo escurro en mi bolsillo y camino hacia la cocina.
Cuando Canoso vuelve a la mesa le veo buscar desesperado por sus bolsillos, por el suelo. Entonces me acerco y le tiendo el móvil:
-Temí que alguien pudiera robárselo.
Casa. Todos archivamos nuestro teléfono en la agenda. Su mujer tiene la voz dulce.
Un chico espera en la entrada. Pide mesa de no fumadores y le acompaño. Viene solo, con un periódico de los que reparten en el metro. Le sonrío y le tiendo una carta.
Mentiras
Por Miguel
La camarera me acompañó a la mesa individual en la zona de “no fumadores” y me dejó una carta. Mientras decidía qué iba a cenar, no pude evitar escuchar la conversación de la pareja que tenía a mi lado. Apenas había separación entre nuestras mesas, lo justo para permitir el paso de una persona, de forma que cuando regresó la camarera no había pensado aún que iba a tomar, pero ya sabía unas cuantas cosas del hombre que se sentaba a mi lado. Él llevaba la voz cantante y la chica, que tendría unos veinticinco años, la mitad que su acompañante, se limitaba a sonreír, asentir y de vez en cuando hacer alguna pregunta pidiendo más detalles.
Cuando volvió por segunda vez la camarera, pedí una ensalada de pasta y una cerveza. Los pocos minutos que llevaba en el Vips habían sido suficientes para hacerme una idea de la situación. La chica hablaba un castellano correcto, pero con acento. Por su aspecto suponía que era polaca, rumana o de algún país de la Europa del Este. Y también suponía que después de la cena habría algún intercambio de fluidos bien remunerado.
Mientras yo devoraba mi ensalada, el hombre le iba contando su historia a la chica. Sus padres habían llegado a Madrid desde Extremadura. Vinieron con lo puesto y trabajaron toda su vida, él en la construcción, ella limpiando en una casa. La chica del este no dejaba de sonreír. “Yo también vine con lo puesto” –se limitó a añadir. Pero su acompañante apenas escuchaba. Seguía contando su historia, como él había estudiado empresariales, como había empezado con una pequeña promotora de construcción y lo bien que le iba ahora. Les había regalado una casa enorme a sus padres, con jardín. Su padre se pasaba el día viendo la televisión, su madre limpiando la casa, por que tiene tantas habitaciones que no se puede descuidar. “Ya ves, estos viejos, cuando les das todo lo que necesitan, ya no saben qué hacer”.
Al principio la situación me divertía, pero la chica cada vez estaba más aburrida y no dejaba de mirarme. No soporto que me observen mientras estoy comiendo. Entonces sonó el móvil del hombre. Él lo cogió de forma distraída y preguntó quién era. Al oír la respuesta no pudo evitar pegar un pequeño salto en su asiento. Entonces se alejó lo más posible de la chica, inclinado hacia abajo, a unos centímetros de mí. Era imposible no escuchar la conversación, incluso la voz de la mujer que había llamado.
–Hola cariño –dijo el hombre.
–¿Dónde estás? –preguntó la mujer.
–Estoy con un cliente, ¿y tú?
–En casa. Te he llamado a la oficina y no me contestabas.
–Sí, ahora mismo estamos en el Vips, reponiendo fuerzas. ¿Qué querías?
–Saber si ibas a venir a cenar. ¿Cómo se llama tu cliente?
–Joaquín, Joaquín Pérez. No le conoces.
El hombre miró a su compañera de mesa, sonriendo, y volvió a inclinarse, alejándose lo más posible de ella.
–Joaquín te envía un saludo, por cierto –añadió.
–Bueno, pues dile que se ponga un segundo, y así le pido que no te entretenga mucho.
Mi vecino se puso colorado. Me miró y por un segundo pensé que me iba a ofrecer el teléfono, para que saludase a la que suponía era su mujer. Yo miré al frente y, como casualmente pasaba la camarera, le pedí la cuenta.
–Cariño, ¿cómo le voy a decir que se ponga? Anda. Buenas noches. Acuéstate –le dijo.
–Verás, capullo –la voz de la mujer sonaba claramente por el móvil –Estás en un Vips, pero no en el más cercano a tu oficina precisamente. Con una rubia, que ni siquiera te habrás ligado. ¿Cuánto te va a cobrar?
Yo no sabía si la chica rubia estaría escuchando la conversación igual que yo, pero seguramente podía intuir la mayor parte. El hombre cada vez estaba más agachado, tapando el auricular con la mano, pero apenas lograba amortiguar la voz firme de su mujer.
–No digas tonterías, no estoy con nadie. ¿Ya has estado bebiendo otra vez? –intentó contraatacar mi vecino.
–Me da la risa, no sabes mentir. Además te estoy viendo.
El hombre empezó a mirar a su alrededor, intentando descubrir donde estaba su mujer. Estaba muy nervioso. Su frente brillaba y en cualquier momento empezarían a caerle gotas de sudor.
–No estás aquí. Si estuvieras y fuese verdad ya te habrías acercado a montar el numerito. Es tu especialidad, ¿recuerdas?
–La chica, la rubia. Lleva una camisa blanca –por el teléfono se escuchó a la mujer, riéndose triunfal.
La camarera me trajo la cuenta. Le dejé el importe justo, más una propina. Al levantarme miré a la chica rubia y le hice un gesto, moviendo los ojos en dirección a la salida. Ella sonrió, movió la cabeza asintiendo, y se puso de pie.