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miguel, 24 de mayo de 2005, 10:04:10 CEST
Buenas noticias
Por Miguel
Hace unos días se me cayó al suelo el espejito del baño, rompiéndose en mil pedazos y desde entonces han sucedido algunas cosas. Me han ascendido, tengo un sueldo decente, pero ahora nunca sé a qué hora llegaré a casa. Las responsabilidades me aprisionan y cuando lo olvido, el montón de papeles se encarga de recordármelo.
Además, mi mujer ha vuelto a casa. Está dispuesta a intentarlo de nuevo, dice que es algo de dos y me pide un esfuerzo. Pero ni siquiera sé qué hice mal la vez anterior, ni qué tengo que hacer bien esta.
Mi madre ha salido bien de su operación, es como un milagro aunque probablemente se quede en una silla de ruedas. No obstante, las secuelas son duras: tendré que llevarla a rehabilitación durante al menos seis meses. Ella no deja que nadie más lo haga, después del accidente de coche se niega a subir a ninguno salvo que conduzca yo.
Y lo que me atemoriza es que aún pueden venir un montón de buenas noticias.
Malas noticias
Por Esperanza
Hoy he recogido los trozos de un espejo roto en el baño. Me he cortado en la mano y he tenido que ir a urgencias. En la sala de espera me he encontrado con un antiguo compañero que me ha ofrecido un trabajo.
A la vuelta, en su coche, un kamikaze ha ocupado nuestro carril y le ha obligado a dar un volantazo. Hemos chocado con la mediana de cemento y una ambulancia nos ha llevado de vuelta a urgencias. Mi bolso seguía en la sala de espera, justo donde lo había dejado unas horas antes.
Desde el hospital han llamado a mi ex-marido y se ha presentado allí en menos de media hora. Me he acordado tanto de ti, me ha dicho. Le he contestado que, con el golpe, había olvidado todo. Ahora aprieta mi mano y yo le prometo no recuperar la memoria.
Pero tengo miedo. Son demasiadas malas noticias para un momento.
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esperanza, 2 de diciembre de 2004, 10:44:15 CET
Para Carlos, con una sonrisa.
Hoy es un lunes gris
Por Esperanza
Esta mañana el cielo tenía ese color de agua miedosa, que quiere caer pero no se atreve y la gente paseaba con paraguas bajo el brazo. Pero yo he salido un rato a tomar el aire sin capucha. El agua no hace daño. Moja. Solo eso. A la vuelta del paseo he querido secar mi chaqueta en un radiador, pero no funcionaba. Han saltado los plomos de la calefacción justo cuando el electricista se ha dado de baja. Seguramente haya sido por la gotera que se ha formado justo encima de una impresora. Tal vez, me he dicho, sea mejor así. Mañana vendrá otro electricista nuevo y se esforzará doblemente para causar una buena impresión. Hubiera llamado a pedirlo si no fuera porque mi móvil se ha estropeado y el fijo no tenía señal. Bien pensado, nadie podrá molestarme ni darme malas noticias.
Falta poco para la Navidad y hoy es un día perfecto para poner el árbol. He abierto la puerta del sótano para sacar los adornos y el falso abeto cuando una rata enorme ha salido corriendo. Me ha parecido ver que se paraba un segundo a mirarme. Pero creo que hemos hecho un pacto. Si ella no me molesta a mí yo tampoco pienso hacerlo.
Este año he puesto las cintas plateadas y las bolas de cristal. He colgado un par de esas bolitas de espejos, como las de las discotecas de antaño. Y en las puntas de las ramas, he encajado cedés estropeados que reflejen la luz. Y en la ventanilla para el público, un muñeco de nieve de alambre y algodón que alguien me regaló hace años. Me he llenado los dedos de espuma al dibujar estrellas en los cristales. Y cien luces diminutas que se encienden y se apagan.
La tarde va oscureciendo pero una niebla fina hace que parezca más clara. Y oigo a lo lejos el monótono sonido de una gota que cae sobre el plástico de la impresora. Me alejo un poco y veo el efecto.
Hoy es un lunes plateado.
Hoy es un lunes gris
Por Miguel
Después de dos semanas en casa de Carlos, por fin Alejandro está en su nuevo piso. El sábado quedó con la casera para recoger las llaves y hoy lunes viene la gente de IKEA con los muebles, a primera hora. Mientras les espera, recorre la casa vacía. La habitación de los niños es la que da al patio interior. Es la que usarán los fines de semana, uno de cada dos. Su habitación, nada más que un colchón aún envuelto en la funda de plástico, apoyado contra la pared. Desde la ventana se ve la calle, llena de coches a estas horas. En segunda fila esta el mismo coche azul que vio en su primera visita al piso. Hoy el cielo tiene color plomizo, en cualquier momento descargará con ganas. Alejandro vuelve al salón, que sirve de distribuidor de las habitaciones y accede a la cocina. Es alargada y estrecha, con una pequeña terraza para tender la ropa. También está la caldera de la calefacción. La pone en modo “invierno” y automáticamente entra en funcionamiento. Entonces se da cuenta del frío que tenía, los pies y las manos congelados.
Suena el timbre del portal. Alejandro mira el reloj: es la gente de IKEA. Sonríe. Le gusta su puntualidad. Enseguida se llena la casa de cajas, unas enormes, otras más chicas. Alejandro les va indicando dónde va cada cosa, las literas a la habitación de los chicos, la mesilla de noche a su habitación, la cubertería a la cocina... Tanta actividad le hace sentirse bien, le da energía. Mientras los operarios montan las estanterías, los armarios, las camas, él amontona las cajas vacías, separadas de los plásticos. Cuando acaban con el armario de su habitación, deshace las maletas y coloca la ropa en los cajones, mientras acaban con la estantería del salón, coloca el menaje de cocina. Tiene que apagar la calefacción, es imposible que nadie tenga frío ahora.
A las tres de la tarde ya han terminado de instalarle todo. Alejandro les da una propina y baja con ellos. Se acerca hasta una cafetería de la zona, “Los cuatro hermanos” a tomar un plato combinado. En la calle se fija que el coche azul ya está bien aparcado. Supone que su dueño trabajará en la academia de informática que hay junto al coche. Aunque estamos a principio de diciembre, la academia ya tiene los cristales llenos de espuma de nieve y adornos navideños. Nunca le gustó demasiado la navidad así que se sorprende al darse cuenta de que acaba de apuntar en la lista de compras pendientes un árbol de plástico y bolas de colores.
Alejandro sube a su casa. Su nueva casa. Enciende la luz del salón y se siente feliz. Se alegra de no haber querido traer nada de su antigua casa. Ahora todo es nuevo, brillante, agradable, muy bonito. Después de ir cuesta abajo tantos meses, siente que tiene una nueva oportunidad, una nueva y esperanzadora vida.
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miguel, 26 de noviembre de 2004, 13:12:11 CET
Sin pelos en la lengua
Por Miguel
Se lo he dejado muy claro. Entonces ha recogido sus cosas y se ha ido. "Me gusta vivir solo y de momento es como pienso seguir". Le agradecí que preparara el desayuno, pero yo tomo té, no café. Lo peor ha sido cuando me he lavado los dientes con su crema depiladora, el tubo de Veet era como mi pasta dentífrica. Pero así me ha quedado la boca: sin pelos en la lengua.
Ensayos
Por Esperanza
-Me voy. No es por ti, soy yo.
Lo digo delante del espejo, ensayando. Pero sé que no tendré valor. Me acerco más al espejo y añado otra razón a mi marcha: desde que estoy contigo no he vuelto a depilarme, como si ya no me hiciese falta estar guapa.
Termino de extender la crema sobre mi labio, cierro el tubo con cuidado y lo dejo junto a tu cepillo de dientes. Sonrío y vuelvo a mirar al espejo.
-Está bien, si es lo que quieres.
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miguel, 22 de noviembre de 2004, 10:29:14 CET
Lucía
Por Esperanza
A Lucía nunca le gustó Fabiola, la novia del chico. Pero las madres no cuentan y se casaron. Cuánta razón tenían sus amigas cuando le decían que tuviera otro hijo. A ver si esta vez sale niña, Lucía, que los hijos se olvidan de ti cuando crecen y las hijas son las que se ocupan. Pero Lucía parió cuatro niños y en último casi pierde la vida. No le quedaron ganas de seguir buscando.
Cuando Antonio, el pequeño, le dijo que se fuera a vivir con ellos se le saltaban las lágrimas. Su Antoñito, tan parecido a su padre, iba a cuidar de ella. Pero luego vinieron las condiciones, los prohibidos y los mandatos para hacerle sentir que no estaba en su casa. Prohibido tocar los papeles, madre, no vaya a perder alguno. Se ocupa usted del niño que nosotros trabajamos mucho. Y no se enfrente a Fabiola que ella es mi mujer y le tiene cariño. Lucía se hizo un hueco en la casa, colocó la foto de su boda junto a la cama y se dedicó a cuidar, limpiar y alimentar a una familia que no reconocía como la suya. Jamás entró en el despacho de Fabiola para no tocar sus cosas. No discutió con ella por el uniforme espantoso del niño ni por que le dejase ver la televisión hasta las tantas. Cuando nadie la veía le preparaba bizcochos, que comer bollos envueltos no es sano, le untaba suavizante en las costuras del pantalón gris del colegio, que la lana pica por muy cara que sea, y le hacía la cama, que acostarse en camas deshechas es de gente de mal vivir.
No dice nada pero sabe que Antonio no es feliz. Cada día viene más tarde del trabajo para no cruzarse con ella. Casi no conoce a Borja y jamás lleva a Fabiola al cine. La trata con respeto, sí, pero no la quiere ya. Y Lucía sospecha que si ella no estuviera en la casa, que si Fabiola no se quejara continuamente de la carga que soporta por tener allí a su suegra, su Antoñito se habría marchado. Pero no dice nada, que las madres no cuentan.
Hoy ha salido temprano de casa. Tenía que hacer la compra, recoger el abrigo de paño de la tintorería, preparar los canelones para cuando llegara el niño. De camino a casa ha pasado por la peluquería y ha pedido cita a primera hora del día siguiente. No le gusta esperar porque luego se le amontonan las cosas, pero tendrá que madrugar para dejar las camas hechas y la comida puesta, no sea que la peluquera se entretenga o el tinte tarde en fijarse, como la última vez, que perdió casi dos horas y Fabiola se puso hecha una fiera porque las patatas de la tortilla se quedaron un poco duras. Se ha cruzado en el portal con Borja. Te pareces tanto a tu padre, le ha dicho, y se ha acordado de que eso era lo que le decía a él cuando tenía su edad. En la escalera olía a pollo asado porque en el bajo hay un asador y se cuelan los olores por las rendijas de las paredes. El nieto le ha dicho cuánto le gusta el pollo asado, pero el de bar, el que da vueltas en un palo, no el que ella hace en el horno. Así es que después de subir la compra ha vuelto a bajar y ha dejado encargado un pollo mediano. Súbalo al tercero, le ha dicho al chico, mañana a la una. Así no tendrá que dejar nada puesto.
Después de comer ha recogido todo y ha limpiado la cocina. Ha repasado el salón, las ventanas y las figuritas de la entrada. Cuando ha terminado de planchar se ha puesto con la cena y se le ha pasado la tarde en un sentir. Con recoger la cena podrá sentarse a ver su serie, que Fabiola se irá a la cama, el chico a ver la tele a su cuarto y Antoñito tardará en llegar aún. Dormita en el sofá cuando su hijo llega. La besa y se despide hasta mañana.
Con la casa en silencio y todo hecho, todo limpio, todo dispuesto, Lucía ha entrado en el despacho de Fabiola. Se ha sentado en su sillón de cuero y ha sacado del bolsillo una cuchillita pequeña de afeitar, de las que se usaban antes. Con un gesto rápido ha cortado las venas del brazo izquierdo y ha sonreído al ver cómo la sangre salía disparada salpicando todos los papeles de Fabiola. Antes de cerrar los ojos, con la cabeza apoyada en la parte alta del sillón, se ha dado cuenta del polvo que se acumulaba sobre la estantería y ha sonreído.
Elvira
Por Miguel
Doña Elvira se había levantado algo más tarde de lo habitual esa mañana. Ella y su marido siempre se despertaban a la misma hora, sincronizados. Sin necesidad de reloj, sin despertador. Esa mañana la señora Elvira abrió los ojos y notó que su marido no estaba. Le sorprendió además la cantidad de luz que se colaba por las ranuras de la persiana. Encendió la luz de la mesita y se levantó. Enfundó los pies en las zapatillas, se puso la bata y se fue hasta el baño arrastrando los pies. Antes de entrar se dio media vuelta. Su marido se habría levantado sin hacer ruido y viéndola dormir tranquila, no la había despertado. Es muy cariñoso y atento. Incluso había estirado su parte de la cama, ahuecado la almohada. La señora Elvira entró al servicio y se miró en el espejo. Era reacia a teñirse las canas, pero era cierto que habían tomado un tono amarillento. La última vez que había estado en la peluquería, la encargada había insistido mucho y ella, por cabezonería había dicho que no. No es que el tono de pelo fuese a cambiar el hecho de que era una anciana, pero al menos tendría mejor aspecto. Decidió ir ese mismo día a teñirse. Además tenía que estar arreglada. Su hijo David vendría al día siguiente. Se iba a quedar unos días, tenía muchas ganas de verle.
Se aseo con una toalla húmeda y se cepilló el pelo. Luego bajó a la cocina a preparar el desayuno. Antes dio una vuelta por la casa, miró en el salón, en las habitaciones vacías de los chicos, en el garaje. No había ningún rastro de su marido. Había salido sin avisarla, sin dejar una nota. Se imaginó que habría ido al barbero, quizá a comprarse una camisa nueva, seguramente había cogido un autobús hasta la ciudad. Volvió a la cocina y se preparó un café. Siempre desayunaban juntos y aunque no hablaban mucho, se sentía acompañada. Se cortó un trozo de bizcocho pero no tenía apetito y dejó la mitad en el plato.
Cuando terminó, recogió la mesa y lavó su taza. Luego se asomó a la pequeña tienda, para comprobar que había bizcochos de sobra. Antiguamente había sido la única panadería del pueblo pero ahora solamente vendían sus especialidades: magdalenas y bizcochos, imperial, de manzana, de nuez. No tenían abierto habitualmente, los clientes ya sabían que tenían que llamar al timbre del negocio, siempre había alguien en la casa que les atendiera. Era una forma de entretenerse, de tener alguna ocupación. Pablo, su hijo mayor llevaba tiempo diciéndoles que lo dejaran, que les daba más trabajo que beneficio. Pablo siempre había sido muy materialista, no entendía que aquel negocio era parte de sus vidas, y que si no lo tuvieran entonces nada no tendría mucho sentido.
Más tarde, doña Elvira se acercó a la parada del autobús. Era casi la hora de ir a comer así que recogería a su marido y se irían juntos a ese restaurante donde comían todos los días. Lo había arreglado su hijo Pablo para que no cocinasen y llevaban una temporada comiendo allí. Anita, la camarera les conocía y siempre les preguntaba por sus hijos, por el negocio, por su salud.
Cuando llegó el autobús, se acercó a la puerta y vio bajar a unos cuantos pasajeros, pero su marido no estaba. El conductor le miró unos instantes y luego cerró la puerta. La señora Elvira se quedó un poco desconcertada, mirando como se alejaba el autobús. Tenía la esperanza que se detuviera de repente y bajase el pasajero anciano, que se había quedado dormido en el asiento. Cuando lo perdió de vista, se encaminó al restaurante. Había dejado una nota para su marido, indicando de que le esperaba allí. Seguro que ya habría llegado y estaría riéndose de su impaciencia y su nerviosismo.
Al entrar al restaurante se dirigió a su mesa habitual. Al ver que no estaba su marido se sentó, algo preocupada. No lo entendía, él no tenía costumbre de desaparecer sin más. Se acercó la camarera.
–Hola doña Elvira, ¿cómo está hoy?
No recordaba a aquella chica. No creía haberla visto nunca, pero le hablaba con una familiaridad que la descolocó.
–Hola. ¿No está Anita?
–¿Anita? –contestó la camarera–. No, no está. ¿Le traigo una sopita de primero como siempre?
–¿No puede avisar a Anita? Tenía que preguntarle algo.
–Anita ya no trabaja aquí. Hace ya cinco años que se marchó –dijo la camarera, poniendo su mano sobre el hombro de la señora Elvira.
En ese momento se dio cuenta de lo que sucedía.
–Ah, claro, qué tonta. Es que se hace una mayor y se le va la cabeza.
Intentó parecer tranquila pero el corazón le latía con fuerza. Sintió un vértigo tal que pensó que se iba a desmayar. Por suerte, la camarera no lo había notado, se había dado media vuelta para atender otra mesa.
Notaba la desesperación que se iba expandiendo, empezando por la garganta, bajando hasta el estómago. Hizo un esfuerzo enorme, y cuando la camarera le sirvió la sopa se atrevió a preguntar:
–Perdone, pero en estos cinco años, ¿siempre he venido sola a comer? ¿nunca me acompaña nadie?
–A veces viene su hijo. Una vez al mes, cuando viene a pagar. El resto de los días la tengo para mí sola –respondió con una enorme sonrisa.
La señora Elvira acaba de salir de la peluquería. Ha coincidido con doña Lucía, una antigua vecina y han charlado de su familia. Doña Elvira ha hecho muchas preguntas para evitar tener que contar. Además, a doña Lucía le gusta hablar, de su Antoñito, que la adora, y de su nuera, Fabiola, que le hace la vida imposible. Mientras peinaban a Lucía, estuvo leyendo una revista. En una sección sobre la tercera edad hablaban de la demencia senil, de las enfermedades mentales de los ancianos y lo ha entendido todo. Lo que le pasa ya lo intuía, pero ahora sabe como será más adelante.
Y mientras piensa en ello, intentando que no se le olvide, allí en la calle, recuerda una conversación, trozos de una conversación. Están probablemente en el restaurante. Su hijo Pablo le habla de una residencia, de dejar el negocio. Y no, eso no. Ella una mujer sencilla, pero decidida. Sabe lo que tiene que hacer. Tiene que quitarse de en medio mientras es consciente de ello. Esa misma tarde a ser posible. No hay nada que la retenga. Está preparada y presentable, incluso se ha teñido el pelo.
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miguel, 19 de noviembre de 2004, 11:53:06 CET
Adicciones
Por Esperanza
Antes de acabar la primera cerveza vi clara la imagen de mi mano abriendo la segunda. Tengo un problema con el alcohol, pensé.
Encendí un pitillo y, antes de terminar de estrujarlo contra el cristal del cenicero, busqué con la vista el paquete a medias. Tengo un problema con el tabaco, pensé.
Él entró, me besó y fue hacia el dormitorio. Saqué la caja de la costura y me puse a zurcir calcetines.
Sentado en el césped
Por Miguel
Me siento en el césped.
Está húmedo pero no me molesta.
Las moscas insisten en seguir caminos invisibles
en mi brazo, pero no me molesta.
El sol hace que cierre un poco los ojos,
que mire como si fuera bizco, pero me da igual.
Entonces apareces al fondo, cargada de bolsas.
Del supermercado.
Me levanto del césped, espanto las moscas,
me pongo las gafas de sol.
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