Lucía
Por Esperanza
A Lucía nunca le gustó Fabiola, la novia del chico. Pero las madres no cuentan y se casaron. Cuánta razón tenían sus amigas cuando le decían que tuviera otro hijo. A ver si esta vez sale niña, Lucía, que los hijos se olvidan de ti cuando crecen y las hijas son las que se ocupan. Pero Lucía parió cuatro niños y en último casi pierde la vida. No le quedaron ganas de seguir buscando.
Cuando Antonio, el pequeño, le dijo que se fuera a vivir con ellos se le saltaban las lágrimas. Su Antoñito, tan parecido a su padre, iba a cuidar de ella. Pero luego vinieron las condiciones, los prohibidos y los mandatos para hacerle sentir que no estaba en su casa. Prohibido tocar los papeles, madre, no vaya a perder alguno. Se ocupa usted del niño que nosotros trabajamos mucho. Y no se enfrente a Fabiola que ella es mi mujer y le tiene cariño. Lucía se hizo un hueco en la casa, colocó la foto de su boda junto a la cama y se dedicó a cuidar, limpiar y alimentar a una familia que no reconocía como la suya. Jamás entró en el despacho de Fabiola para no tocar sus cosas. No discutió con ella por el uniforme espantoso del niño ni por que le dejase ver la televisión hasta las tantas. Cuando nadie la veía le preparaba bizcochos, que comer bollos envueltos no es sano, le untaba suavizante en las costuras del pantalón gris del colegio, que la lana pica por muy cara que sea, y le hacía la cama, que acostarse en camas deshechas es de gente de mal vivir.
No dice nada pero sabe que Antonio no es feliz. Cada día viene más tarde del trabajo para no cruzarse con ella. Casi no conoce a Borja y jamás lleva a Fabiola al cine. La trata con respeto, sí, pero no la quiere ya. Y Lucía sospecha que si ella no estuviera en la casa, que si Fabiola no se quejara continuamente de la carga que soporta por tener allí a su suegra, su Antoñito se habría marchado. Pero no dice nada, que las madres no cuentan.
Hoy ha salido temprano de casa. Tenía que hacer la compra, recoger el abrigo de paño de la tintorería, preparar los canelones para cuando llegara el niño. De camino a casa ha pasado por la peluquería y ha pedido cita a primera hora del día siguiente. No le gusta esperar porque luego se le amontonan las cosas, pero tendrá que madrugar para dejar las camas hechas y la comida puesta, no sea que la peluquera se entretenga o el tinte tarde en fijarse, como la última vez, que perdió casi dos horas y Fabiola se puso hecha una fiera porque las patatas de la tortilla se quedaron un poco duras. Se ha cruzado en el portal con Borja. Te pareces tanto a tu padre, le ha dicho, y se ha acordado de que eso era lo que le decía a él cuando tenía su edad. En la escalera olía a pollo asado porque en el bajo hay un asador y se cuelan los olores por las rendijas de las paredes. El nieto le ha dicho cuánto le gusta el pollo asado, pero el de bar, el que da vueltas en un palo, no el que ella hace en el horno. Así es que después de subir la compra ha vuelto a bajar y ha dejado encargado un pollo mediano. Súbalo al tercero, le ha dicho al chico, mañana a la una. Así no tendrá que dejar nada puesto.
Después de comer ha recogido todo y ha limpiado la cocina. Ha repasado el salón, las ventanas y las figuritas de la entrada. Cuando ha terminado de planchar se ha puesto con la cena y se le ha pasado la tarde en un sentir. Con recoger la cena podrá sentarse a ver su serie, que Fabiola se irá a la cama, el chico a ver la tele a su cuarto y Antoñito tardará en llegar aún. Dormita en el sofá cuando su hijo llega. La besa y se despide hasta mañana.
Con la casa en silencio y todo hecho, todo limpio, todo dispuesto, Lucía ha entrado en el despacho de Fabiola. Se ha sentado en su sillón de cuero y ha sacado del bolsillo una cuchillita pequeña de afeitar, de las que se usaban antes. Con un gesto rápido ha cortado las venas del brazo izquierdo y ha sonreído al ver cómo la sangre salía disparada salpicando todos los papeles de Fabiola. Antes de cerrar los ojos, con la cabeza apoyada en la parte alta del sillón, se ha dado cuenta del polvo que se acumulaba sobre la estantería y ha sonreído.
Elvira
Por Miguel
Doña Elvira se había levantado algo más tarde de lo habitual esa mañana. Ella y su marido siempre se despertaban a la misma hora, sincronizados. Sin necesidad de reloj, sin despertador. Esa mañana la señora Elvira abrió los ojos y notó que su marido no estaba. Le sorprendió además la cantidad de luz que se colaba por las ranuras de la persiana. Encendió la luz de la mesita y se levantó. Enfundó los pies en las zapatillas, se puso la bata y se fue hasta el baño arrastrando los pies. Antes de entrar se dio media vuelta. Su marido se habría levantado sin hacer ruido y viéndola dormir tranquila, no la había despertado. Es muy cariñoso y atento. Incluso había estirado su parte de la cama, ahuecado la almohada. La señora Elvira entró al servicio y se miró en el espejo. Era reacia a teñirse las canas, pero era cierto que habían tomado un tono amarillento. La última vez que había estado en la peluquería, la encargada había insistido mucho y ella, por cabezonería había dicho que no. No es que el tono de pelo fuese a cambiar el hecho de que era una anciana, pero al menos tendría mejor aspecto. Decidió ir ese mismo día a teñirse. Además tenía que estar arreglada. Su hijo David vendría al día siguiente. Se iba a quedar unos días, tenía muchas ganas de verle.
Se aseo con una toalla húmeda y se cepilló el pelo. Luego bajó a la cocina a preparar el desayuno. Antes dio una vuelta por la casa, miró en el salón, en las habitaciones vacías de los chicos, en el garaje. No había ningún rastro de su marido. Había salido sin avisarla, sin dejar una nota. Se imaginó que habría ido al barbero, quizá a comprarse una camisa nueva, seguramente había cogido un autobús hasta la ciudad. Volvió a la cocina y se preparó un café. Siempre desayunaban juntos y aunque no hablaban mucho, se sentía acompañada. Se cortó un trozo de bizcocho pero no tenía apetito y dejó la mitad en el plato.
Cuando terminó, recogió la mesa y lavó su taza. Luego se asomó a la pequeña tienda, para comprobar que había bizcochos de sobra. Antiguamente había sido la única panadería del pueblo pero ahora solamente vendían sus especialidades: magdalenas y bizcochos, imperial, de manzana, de nuez. No tenían abierto habitualmente, los clientes ya sabían que tenían que llamar al timbre del negocio, siempre había alguien en la casa que les atendiera. Era una forma de entretenerse, de tener alguna ocupación. Pablo, su hijo mayor llevaba tiempo diciéndoles que lo dejaran, que les daba más trabajo que beneficio. Pablo siempre había sido muy materialista, no entendía que aquel negocio era parte de sus vidas, y que si no lo tuvieran entonces nada no tendría mucho sentido.
Más tarde, doña Elvira se acercó a la parada del autobús. Era casi la hora de ir a comer así que recogería a su marido y se irían juntos a ese restaurante donde comían todos los días. Lo había arreglado su hijo Pablo para que no cocinasen y llevaban una temporada comiendo allí. Anita, la camarera les conocía y siempre les preguntaba por sus hijos, por el negocio, por su salud.
Cuando llegó el autobús, se acercó a la puerta y vio bajar a unos cuantos pasajeros, pero su marido no estaba. El conductor le miró unos instantes y luego cerró la puerta. La señora Elvira se quedó un poco desconcertada, mirando como se alejaba el autobús. Tenía la esperanza que se detuviera de repente y bajase el pasajero anciano, que se había quedado dormido en el asiento. Cuando lo perdió de vista, se encaminó al restaurante. Había dejado una nota para su marido, indicando de que le esperaba allí. Seguro que ya habría llegado y estaría riéndose de su impaciencia y su nerviosismo.
Al entrar al restaurante se dirigió a su mesa habitual. Al ver que no estaba su marido se sentó, algo preocupada. No lo entendía, él no tenía costumbre de desaparecer sin más. Se acercó la camarera.
–Hola doña Elvira, ¿cómo está hoy?
No recordaba a aquella chica. No creía haberla visto nunca, pero le hablaba con una familiaridad que la descolocó.
–Hola. ¿No está Anita?
–¿Anita? –contestó la camarera–. No, no está. ¿Le traigo una sopita de primero como siempre?
–¿No puede avisar a Anita? Tenía que preguntarle algo.
–Anita ya no trabaja aquí. Hace ya cinco años que se marchó –dijo la camarera, poniendo su mano sobre el hombro de la señora Elvira.
En ese momento se dio cuenta de lo que sucedía.
–Ah, claro, qué tonta. Es que se hace una mayor y se le va la cabeza.
Intentó parecer tranquila pero el corazón le latía con fuerza. Sintió un vértigo tal que pensó que se iba a desmayar. Por suerte, la camarera no lo había notado, se había dado media vuelta para atender otra mesa.
Notaba la desesperación que se iba expandiendo, empezando por la garganta, bajando hasta el estómago. Hizo un esfuerzo enorme, y cuando la camarera le sirvió la sopa se atrevió a preguntar:
–Perdone, pero en estos cinco años, ¿siempre he venido sola a comer? ¿nunca me acompaña nadie?
–A veces viene su hijo. Una vez al mes, cuando viene a pagar. El resto de los días la tengo para mí sola –respondió con una enorme sonrisa.
La señora Elvira acaba de salir de la peluquería. Ha coincidido con doña Lucía, una antigua vecina y han charlado de su familia. Doña Elvira ha hecho muchas preguntas para evitar tener que contar. Además, a doña Lucía le gusta hablar, de su Antoñito, que la adora, y de su nuera, Fabiola, que le hace la vida imposible. Mientras peinaban a Lucía, estuvo leyendo una revista. En una sección sobre la tercera edad hablaban de la demencia senil, de las enfermedades mentales de los ancianos y lo ha entendido todo. Lo que le pasa ya lo intuía, pero ahora sabe como será más adelante.
Y mientras piensa en ello, intentando que no se le olvide, allí en la calle, recuerda una conversación, trozos de una conversación. Están probablemente en el restaurante. Su hijo Pablo le habla de una residencia, de dejar el negocio. Y no, eso no. Ella una mujer sencilla, pero decidida. Sabe lo que tiene que hacer. Tiene que quitarse de en medio mientras es consciente de ello. Esa misma tarde a ser posible. No hay nada que la retenga. Está preparada y presentable, incluso se ha teñido el pelo.