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miguel, 5 de noviembre de 2003, 13:21:42 CET
Vaho
Por Miguel
Antes de ducharme, desnudo delante del espejo, he mirado con atención las cicatrices. Cada vez que encontraba una, el tipo del espejo me enseñaba otra. Como en la primera parte de "Tiburón", discutimos por ver quién tenía más y más grandes. "Esta -me decía- no se borrará nunca". Le he dejado ganar, me he metido en la ducha con el agua muy caliente y me he frotado con el guante de crin hasta que toda la piel se ha puesto de color rojo. Al salir me sentía mucho mejor, ya no había marcas. Incluso el espejo se había quedado mudo por el vaho.
La herida
Por Esperanza
Tengo la piel de buena calidad. No recuerdo haber sangrado mucho. Ni de niña. Todas las heridas cierran sin dar lugar a una cura. Y aunque aquélla era una herida grande, de bordes desiguales, cerró tan pronto como las otras. No hubo cura previa.
Se fueron posando bajo la piel miserias y daños. Al mínimo roce, brotaba la sangre sucia. Y volvía a cerrar. Y volvía a abrirse. Y se acumulaba más y más podredumbre. Llegó a dañar tanto el tejido que la rodeaba, que dejé de reconocerlo.
La ignoré, primero. Intenté adormecer el dolor, más tarde. Y por fin, en un arrebato de valentía nada característico en mí, decidí atajar aquello. Muerta de miedo, bisturí en mano, la abrí de un corte limpio. Y empezó a salir todo lo que se había acumulado a lo largo del tiempo. Dolía el brotar de la sangre. Pero también liberaba de la presión. Y, pese al miedo, no permití que cerrara. La limpié con sal, prometí cuidarla, la llené de besos.
Luego el tiempo y los cuidados fueron haciendo su labor. La piel se volvió a unir sobre lo que, ahora sí, era carne sana.
Ahora, cuando paso la yema del dedo por la cicatriz, aún tierna pero firme, recuerdo el dolor, las curas. Pero, más que nada, recuerdo el miedo a que nunca pudiera cerrarse.
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miguel, 25 de octubre de 2003, 21:56:10 CEST
Alhaja con miel
Por Esperanza
Paso cada mañana por la puerta de “Don Jaime”, el restaurante más caro del barrio. Luego sigo caminando hacia “Los cuatro hermanos” y es allí donde desayuno. Café, tostada y zumo, dos euros. Cada mañana desde que entré a trabajar en la tienda. Pero al pasar por Don Jaime me detengo a leer la carta. Es como un paraíso del desayuno. Tortitas, buñuelos, hojaldres. Esta semana hay una novedad: Alhaja con miel. Doce euros. ¡Doce euros! Puedo desayunar durante seis días por ese precio. Y el del café no dice nada. Seguro que lo cobran aparte. Sigo leyendo. Café tres euros. Pero me he prometido que hoy entraré. Y probaré esa delicia de miel.
La mesa está junto a la ventana. Es curioso que la calle se vea tan distinta desde este lado. Nunca me había fijado en el luminoso de la óptica de la esquina. Hay una letra que no se enciende. Se lee: Ópt ca San Pedro. Se acerca el camarero.
-¿Qué desea tomar?
En Los cuatro hermanos me dicen todos los días “¿lo de siempre, chata?” Si no fuese por que el café está bueno iba yo a consentir que me llamaran chata. El camarero espera.
-Alhaja con miel, por favor.
La calefacción está algo alta para mi gusto. En invierno es una lata entrar en los locales así. Tienes que empezar a quitarte capas y parece que no terminas nunca. Menos mal que la mesa es amplia y hay otra silla para dejarlo todo.
-¿Algo más?
-Café con leche, por favor.
Está bien que tome algo nuevo, por probar, pero el café no lo perdono. Y huele a café desde que entré por la puerta. Me ha parecido notar una mirada de desdén en el camarero. Tal vez sean imaginaciones mías. O tal vez se ha fijado en mi abrigo de hace tres temporadas. O en el bolso de imitación de Gucci.
Vuelve el camarero.
-Disculpe, señora, ¿la alhaja la tomará fría o caliente?
Vaya por Dios. Dudo. En la calle debe haber tres o cuatro grados.
-Mejor caliente.
Empiezo a pensar en la dichosa alhaja. ¿Y si no me gusta ¿Cómo he podido pedir algo sin saber qué es? Será algo pringoso y me mancharé entera mientras la como. Menudo ridículo. Quién me mandará meterme en estos líos. Tal vez no, Tal vez sea algo exquisito. No en vano cobran doce euros por ello. Sin darme cuenta, he ido enrollando el bordecito de la servilleta de tela hasta dejarla hecha un canutillo. No es algo que daba hacerse en un lugar tan distinguido, supongo.
Vuelve el camarero. Trae la bandeja en alto. Le veo acercarse por entre las mesas pero no puedo ver lo que lleva. ¿Será grande? Por fin llega junto a mí.
Deja sobre la mesa una taza de porcelana. Es mi café.
-Su alhaja vendrá en seguida. Al ser caliente, lleva más tiempo prepararla.
Más tiempo. No debí pedir esa cosa. Igual no me gusta nada. Sería horrible probarla y que sepa a rayos. La gente de por aquí es muy fina para escupir sobre el mantel el pedazo que me meta a la boca. Y yo me conozco. Sí. Si no me gusta el sabor, lo sacaré de la boca. Lo sé. Que me ha pasado más veces.
Dejo los quince euros que sumo mentalmente sobre la mesa, sin propina, sin probar el café, y salgo del local. Camino rápido porque se me hará tarde. Entro en “Los cuatro hermanos”, me siento en casa.
-Luis, chato, lo de siempre.
Hoy no va a venir
por Miguel
"Que raro que se retrase. Para un día que me adelanto y pongo la tostada en la plancha... Suele ser muy puntual, siempre a la misma hora está aquí y trae preparadas las monedas. En cuanto le sirvo ya me paga. Su café, tostada y zumo. Menos mal que no he hecho el zumo, se le irían las vitaminas."
Luís entra en la cocina y sale un minuto después con una tortilla recién hecha.
"Igual está enferma, últimamente tiene cara de cansancio. Aunque claro, qué cara va a tener si viene a desayunar aquí. Que tengo el mismo mobiliario de cuando mi padre se jubiló. Y tampoco puede mirar a la calle. Solo se ve el dichoso bajo ese. Menos mal que ya lo han alquilado. Mira que lleva años el cartel de "Reformas y contratas". Justo se tuvo que caer la primera "t". A ver si abren una peluquería moderna. O una joyería, llena de collares y alhajas. Algo que le de un poco de nivel a la calle."
Un cliente ha dejado la puerta abierta y Luís se acerca para cerrarla. En la calle debe haber tres o cuatro grados y la calefacción no funciona demasiado bien. Antes de cerrar se asoma, pero parece que hoy no va a venir.
"Se habrá resfriado, seguro. Si le echase un chorrito de miel en la tostada, eso si que protege. Con eso no hay catarro que se atreva. Tengo que ofrecérselo, siempre le pongo la mantequilla y mermelada sin preguntar. Parece buena chica, un poco callada, pero buena chica. Bueno, muy callada, porque mira que intento parecer amable, darle confianza, pero nunca se anima, siempre tan seria."
Justo cuando Luis va a servir un café con porras a los clientes del final de la barra la ve entrar. Pero hoy es diferente, algo sucede. Deja los cafés, echa un chorrito de leche y entonces se da cuenta. Se da la vuelta y la mira. La chica está sonriendo.
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miguel, 17 de octubre de 2003, 14:50:15 CEST
Darjeeling
Darjeeling, por Miguel
Alimentaba sus esperanzas, sus ilusiones. Solo quería verla sonreír. Por eso, cuando llegaba una de esas cartas la escondía. Una vez que ella regresaba al trabajo, ponía el té. Con el vapor era muy fácil abrir los sobres, que siempre traían amables rechazos. Quizá debería decirle la verdad. No, lo de las cartas no, lo de su falta de talento.
Hoy probará el Darjeeling.
Darjeeling, por Esperanza
Me gusta abonar las plantas con los posos del té. Por eso rebusco en la basura cuando vuelvo del trabajo. Y por eso encontré la carta primera en la que me rechazaban. Pero él estaba tan feliz de haberla escondido que seguí mandando aquella novela tan mala a todas las editoriales. Así él siente que forma parte de mi felicidad.
Hoy ha probado el Darjeeling.
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miguel, 10 de octubre de 2003, 13:33:35 CEST
Un día cualquiera
Un día cualquiera, por Miguel
Acabo de sentarme y ya está aquí la bruja. Qué mala suerte. Como si no tuviese ya suficiente. Había tenido que llevar a Ana al aeropuerto temprano y al volver no hubo forma de aparcar el coche. Llevo casi una hora dando vueltas y justo ahora que decido dejarlo en segunda fila mientras tomo un café aparece. Seguro que me suelta el rollo. Ah, aquí viene mi desayuno.
- Mírale, que bien está, aquí en la terracita tomando el sol mientras su mujer va a hacer la compra. No, si… vaya como viven algunos.
Ya, te da igual que no haya desayunado y que si no tomo algo dulce me va a dar un ataque. Como si no lo supieses solo con mirarme. Cuando tiemblo y me sudan las manos. Pero te da igual mi hipoglucemia.
- ¿Pero qué hace el coche en medio de la calle? Pero Juan, ¿cómo has dejado el coche ahí? ¿Pero estás atontado?
Joer, no puede pegar más voces la tía. A ella qué le importa donde he dejado el coche. Soy yo el que se ha tirado una hora dando vueltas, que estoy harto. Y a punto de desmayarme. A ver si se marcha rápido que necesito comer ese donut. Además, para eso estoy aquí en la terraza, para vigilar por si viene un policía.
- Pero deja de mirarme con esa cara de tonto. Que pareces gilipollas. Y di algo, podías contestar.
Lo soporto por la niña, pero Ana cualquier día se marcha de casa. Yo ya estoy jubilado, no tengo porqué aguantar esto. Se pasa todo el día insultandome, no importa si hay alguien delante. Pero no, yo no me voy a poner a su altura. No pienso contestarla. No pienso abrir la boca.
- Claro, el señorito está muy cómodo ahí, tomando el sol, no le preocupa nada. Todo le da igual, solo piensa en sí mismo. Pero tú sigue, no te inmutes, vacía los dos sobres de azúcar en el café. Si total, solo es tu mujer la que está hablando.
Estupendo, grita más, si la gente está encantada con el numerito. La verdad, yo no te aguanto ni tú me aguantas a mí.. No sé que hacemos juntos.
- Deja de mirarme con esa sonrisa estúpida y dime algo, que pareces subnormal.
¿Yo sonreír? De eso nada. Te lo parecerá pero yo no sonrío.
Entonces Juan se quitó la dentadura postiza y la dejó caer en el vaso del café, un café con la sonrisa ladeada.
Un día cualquiera, por Esperanza
Sabía yo que me lo encontraba en el bar. Él con decir que está jubilado, tiene bastante. Y mira que le dije que me iba con él al aeropuerto. Sabía yo…
- Mírale, que bien está, aquí en la terracita tomando el sol mientras su mujer va a hacer la compra. No, si… vaya como viven algunos.
Y claro, le aguanto porque está la niña, si no de qué. Pero se irá, mi Ana se irá pronto. Qué vería yo en este hombre. Incapaz de mover el culo de la silla. Con el coche en mitad de la calle como si no fuese suyo. Y luego dirá que la multa es injusta. Pero me voy. En cuanto mi Ana se vaya, le dejo. Que una aún está de buen ver y míralo a él, viejo, arrugado, fofo. Yo podría haber tenido al que hubiera querido. Y todavía hoy,… pero he sacrificado mi vida al lado de semejante elemento. Si parece que está lelo, con esa sonrisita de medio lado. Me decía mi madre que era tonto. Y vaya si lo era. Mi madre, la pobre, que en la gloria de Dios esté, cuánto sabía de hombres. Dos sobres de azúcar, claro. Así le ha ido. Si me lo dicen todos, hay que ver cómo se ha puesto Juan. Dice él que es la hipoglucemia esa. A mí me la va a dar. Odio que haga como que no me ve.
- Pero deja de mirarme con esa cara de tonto. Que pareces gilipollas. Y di algo, podías contestar.
Es increíble. Todo el bar me mira ya. Luego me dice que parezco una verdulera. ¡No tiene sangre! Lo parieron entre horchata y todo le importa un pito. Pero no le paso otra. Hoy me va a oír cuando lleguemos a casa. Le hago la maleta y se la pongo en la calle, no le aguanto más.
Entonces Juan se quitó la dentadura postiza y la dejó caer en el vaso del café, un café con la sonrisa ladeada.
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miguel, 6 de octubre de 2003, 9:05:54 CEST
Escaleras mecánicas
Escaleras mecánicas, por Miguel
Así que es cierto que hay vida más allá de las escaleras mecánicas. Debe ser por eso que me enamoré de una, la del Galerías Preciados que había camino del colegio. Siempre entraba a saludarla. Primero me echaba un poco de colonia en la sección de perfumería y luego subía por ella. Al llegar arriba, la escalera siempre suspiraba. Ahhahhm!
Luego, en el colegio los chicos me daban patadas, me llamaban mariquita (y cosas peores) por oler tan bien, aunque a las chicas sí les gustaba, tenía bastante éxito, la verdad. Yo en realidad prefería la escalera mecánica, pero para salir un domingo era mejor una chica de carne y hueso.
Cuando El Corte Inglés compró a Galerías Preciados, hicieron obras y se llevaron mi escalera. Pusieron otra nueva, que no suspiraba. Además, había empezado en la facultad y no me pillaba de paso.
Pero hoy he logrado pasar más allá, detrás de una escalera. Hay mucha gente recorriendo los pasillos. Yo les saludo, sonriente, feliz de estar aquí.
Escaleras mecánicas, por Esperanza
Hoy ha venido un tipo nuevo a la sala. Me gusta verlos entrar, con cara de felicidad y hablando alto. Cuando llevan aquí unas semanas, el tono se dulcifica, ya no levantan la barbilla y los hombros parecen subirles hasta las orejas. Recuerdo a Elvis, que llegó con el tupé impecable y cantaba a todas horas. Luego vino Adela, esa enfermera gorda y le cortó el pelo. No volvió a cantar.
El de hoy se llama Miguel. Cuando pasas a su lado te saluda con la mano, como si estuviese asomado a la ventanilla de un talgo diciendo adiós a todos los que quedan en el andén. Camina con los pies muy pegados al suelo, casi se desliza. Cada poquito, suspira: Ahhahhm! Me he puesto a su lado para hablar con él y he tenido que dar vueltas y más vueltas por la sala. “Mi escalera no se detiene” me ha dicho. Se deja llevar por la escalera mecánica que desmontaron al vender Galerías Preciados. Verónica, la que quería ser bailarina pero tiene una pierna más larga que la otra, ha intentado acercarse pero él dice que no tiene ojos para otra.
En un par de semanas más estará frente a la ventana, sentado junto a Elvis en alguna silla incómoda, mirando cómo cambia el color del jardín. Pero yo seguiré aquí, cuidaré de él, como he cuidado de todas mis criaturas desde que creé a aquella primera pareja.
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