Escaleras mecánicas, por Miguel
Así que es cierto que hay vida más allá de las escaleras mecánicas. Debe ser por eso que me enamoré de una, la del Galerías Preciados que había camino del colegio. Siempre entraba a saludarla. Primero me echaba un poco de colonia en la sección de perfumería y luego subía por ella. Al llegar arriba, la escalera siempre suspiraba. Ahhahhm!
Luego, en el colegio los chicos me daban patadas, me llamaban mariquita (y cosas peores) por oler tan bien, aunque a las chicas sí les gustaba, tenía bastante éxito, la verdad. Yo en realidad prefería la escalera mecánica, pero para salir un domingo era mejor una chica de carne y hueso.
Cuando El Corte Inglés compró a Galerías Preciados, hicieron obras y se llevaron mi escalera. Pusieron otra nueva, que no suspiraba. Además, había empezado en la facultad y no me pillaba de paso.
Pero hoy he logrado pasar más allá, detrás de una escalera. Hay mucha gente recorriendo los pasillos. Yo les saludo, sonriente, feliz de estar aquí.
Escaleras mecánicas, por Esperanza
Hoy ha venido un tipo nuevo a la sala. Me gusta verlos entrar, con cara de felicidad y hablando alto. Cuando llevan aquí unas semanas, el tono se dulcifica, ya no levantan la barbilla y los hombros parecen subirles hasta las orejas. Recuerdo a Elvis, que llegó con el tupé impecable y cantaba a todas horas. Luego vino Adela, esa enfermera gorda y le cortó el pelo. No volvió a cantar.
El de hoy se llama Miguel. Cuando pasas a su lado te saluda con la mano, como si estuviese asomado a la ventanilla de un talgo diciendo adiós a todos los que quedan en el andén. Camina con los pies muy pegados al suelo, casi se desliza. Cada poquito, suspira: Ahhahhm! Me he puesto a su lado para hablar con él y he tenido que dar vueltas y más vueltas por la sala. “Mi escalera no se detiene” me ha dicho. Se deja llevar por la escalera mecánica que desmontaron al vender Galerías Preciados. Verónica, la que quería ser bailarina pero tiene una pierna más larga que la otra, ha intentado acercarse pero él dice que no tiene ojos para otra.
En un par de semanas más estará frente a la ventana, sentado junto a Elvis en alguna silla incómoda, mirando cómo cambia el color del jardín. Pero yo seguiré aquí, cuidaré de él, como he cuidado de todas mis criaturas desde que creé a aquella primera pareja.