Darjeeling, por Miguel
Alimentaba sus esperanzas, sus ilusiones. Solo quería verla sonreír. Por eso, cuando llegaba una de esas cartas la escondía. Una vez que ella regresaba al trabajo, ponía el té. Con el vapor era muy fácil abrir los sobres, que siempre traían amables rechazos. Quizá debería decirle la verdad. No, lo de las cartas no, lo de su falta de talento.
Hoy probará el Darjeeling.
Darjeeling, por Esperanza
Me gusta abonar las plantas con los posos del té. Por eso rebusco en la basura cuando vuelvo del trabajo. Y por eso encontré la carta primera en la que me rechazaban. Pero él estaba tan feliz de haberla escondido que seguí mandando aquella novela tan mala a todas las editoriales. Así él siente que forma parte de mi felicidad.
Hoy ha probado el Darjeeling.