Última actualización: 17/6/04 16:00
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Pies de foto Por Esperanza

-Tienes unos pies muy sosos –le dijo ella en la segunda cita, cuando salían del hotel.

Él entró en el Corte Inglés y compró calcetines de colores, de esos que envuelven cada dedo, y se juró no quitárselos con la luz encendida.

Pero ella siguió pensando que las fotos eran mejor que el texto que llevaban debajo.

Corbata Por Miguel

“Con corbata pareces muy serio, no me gusta”. Siempre se ven cuando él sale de trabajar y lo de ir de traje sin corbata sí que queda mal. Entró al Corte Inglés y se compró una docena, de distintos colores y dibujos. Al ir a pagar, junto a la caja había un estante lleno de corbatas de Disney. Él no parecía serio, lo era. Escogió una de Mickey, en tonos azules, que iba con su traje nuevo. A la próxima cita iría con esa corbata.



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Por Esperanza

Vi a Juanjo caminar por el andén. Arrastraba su maleta pequeña como si pesara mucho. Los hombros caídos, la espalda ligeramente encorvada. Seguí mirando el fondo de la taza, buscando mi futuro en el azúcar teñido de café. Las lágrimas caían despacio formando manchas negras sobre la mesa. Perdí de vista a Juanjo cuando el tren emitió el último silbido y empezó a deslizarse por la vía. Entonces limpié los churretes de rímel que me surcaban la cara, hinché el pecho de aire y, con los hombros levantados y una sonrisa en los labios, empecé a caminar hacia la salida.

Último té juntos Por Miguel

Aguanté el tipo mientras estuve en su casa. Solo al salir, las lágrimas empezaron a deslizarse por mis mejillas.

Pero no lloraba: eran gotas de lluvia. De pronto me encontraba tan bien que me alejé pisando los charcos como un adolescente.



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por Esperanza

Los años te habían tratado bien. Me ofreciste un bote de lleno de papeles de colores y te seguí el juego por no defraudarte. Yo ya no creía en adivinos, ni en príncipes azules. Los príncipes salían de mi vida a media noche dejando un puñado de billetes en la mesita de noche. Y nunca eran azules.

Leí uno elegido al azar. Traté de forzar una sonrisa pero se me llenaron los ojos de lágrimas.

lágrimas postizas por Miguel

Las lágrimas eran oscuras y mancharon tus mejillas de rimel. No sabía que pensar, no eran lágrimas de emoción, de alegría. Eran lágrimas descreídas, sin respuestas. Pensé que me había precipitado, que no nos conocíamos, no sabía quién eras, qué había pasado en todo este tiempo. Había supuesto que no me importaría, pero ahora me daba miedo saber.



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Era mediodía y hacía sol Por Miguel

Abrí el bote y te lo acerqué. Estaba lleno de papelitos de colores. Solo tenías que hacerlo. Era bien fácil. Escoger uno. Se cumpliría. Eso te dije. Lo que estuviese escrito en el papelito se cumpliría. Dudaste un segundo. Mirabas a lo lejos, de nuevo la calle Segovia. No había podido conseguir tu teléfono así que recibir tu llamada me había llenado de ilusión. Nos citamos en los Jardines, al mediodía. ¿Qué mejor sitio para el reencuentro?

Habías cambiado, estabas más delgada y llevabas el pelo muy corto. Elegiste uno de los papeles, uno color limón. Todos decían lo mismo, no me importaba que te lo imaginases. Todos decían que quería cuidarte. Sin plazos, sin compromisos, lo que durase. Tenías cara de cansancio, incluso te costó sonreír al leer el mensaje. Apenas una mueca, el labio fruncido.

Por Esperanza

Me agarré fuerte a la valla de metacrilato para saltarla y entonces noté el zumbido del móvil en el bolsillo del vaquero. Qué absurdo, a punto de dejarlo todo atrás, sentía curiosidad por saber quién me llamaba. La pantalla del teléfono me avisó de la voz que oiría. Lo que no me dijo es que Juan quería organizar otra cena, como aquella, en el mismo sitio.

Él nunca sabrá cuánto tengo que agradecerle que me pidiera que yo avisara a todos. Me dio los números de teléfono. Todos. También el tuyo.

Me sentí ridícula apoyada sobre la piedra gris del viaducto tomando notas en una libreta de cuadros. Tu nombre lo escribí en mayúsculas y lo subrayé dos veces. Estuve tentada de pintar un corazón, como de niña.

Camino de casa iba tarareando aquella canción de Radio Futura “y si te vuelvo a ver pintar un corazón de tiza en la pared…”.



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Y Madrid al fondo por Miguel

Recuerdo aquel día, cuando fuimos a cenar con unos amigos comunes. Llegué con bastante antelación, localicé el restaurante y luego me fui a dar un paseo por la zona. Habíamos quedado en la plaza del Alamillo y siguiendo la calle, torciendo después a la derecha llegabas a los Jardines de las Vistillas. El parque estaba en alto y a modo de mirador permitía ver como se alejaba la calle Segovia, con el enorme viaducto que la cruzaba justo enfrente. El puente era una de esas obras grandiosas, como todo lo que se hacía en la posguerra, que pretendía impresionar por su tamaño y ciertamente lo conseguía.

Cuando volvía al restaurante nos cruzamos. Venías despistada y al principio no me reconociste. Después de saludarnos te arrastré hasta aquel mirador. “Mira que bonito” te dije. Ingenuo de mí, como si no conocieses ya aquel lugar. “¿Ves el viaducto?“ –recuerdo que me dijiste-. “Tuvieron que poner aquellas vallas porque la gente encontró que era el lugar ideal para suicidarse”.

Nos quedamos un rato en silencio, mirando la carretera llena de coches que brillaban con el reflejo de un sol que empezaba a ocultarse en el horizonte, mirando ese trocito de Madrid, tan grande que parecía la ciudad entera. En aquel lugar, los dos solos, pensé que no podía entender porqué la gente podía llegar a odiar tanto seguir viviendo, aunque solo fuera por momentos como aquel, tan ocasionales. Lo pensé, pero no te lo dije. Ojalá tuviese ahora tu teléfono para llamarte y recordarlo juntos.

Madrid al fondo por Esperanza

Qué diferente se ve ahora el Viaducto. Recuerdo aquel día que nos cruzamos y me llevaste a verlo. Me enseñabas el paisaje como si lo hubieras descubierto para mí. Y en cierta medida, así era. Había pasado por allí mil veces pero nunca lo había visto tan bonito. Quise decírtelo, pero no me atreví. Ojalá lo hubiese hecho.

Madrid relucía, rojo de sol, al otro lado del Viaducto. Aún era pronto y nos quedamos allí un rato. Me entretuve contándote las leyendas urbanas de suicidios y los intentos del Ayuntamiento por evitarlos. Tu avión saldría a media noche y sabía que, si te ibas, no volvería a verte. Entonces las vallas me parecieron curiosas. Hoy son solo un incómodo obstáculo.



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