Y Madrid al fondo
por Miguel
Recuerdo aquel día, cuando fuimos a cenar con unos amigos comunes. Llegué con bastante antelación, localicé el restaurante y luego me fui a dar un paseo por la zona. Habíamos quedado en la plaza del Alamillo y siguiendo la calle, torciendo después a la derecha llegabas a los Jardines de las Vistillas. El parque estaba en alto y a modo de mirador permitía ver como se alejaba la calle Segovia, con el enorme viaducto que la cruzaba justo enfrente. El puente era una de esas obras grandiosas, como todo lo que se hacía en la posguerra, que pretendía impresionar por su tamaño y ciertamente lo conseguía.
Cuando volvía al restaurante nos cruzamos. Venías despistada y al principio no me reconociste. Después de saludarnos te arrastré hasta aquel mirador. “Mira que bonito” te dije. Ingenuo de mí, como si no conocieses ya aquel lugar. “¿Ves el viaducto?“ –recuerdo que me dijiste-. “Tuvieron que poner aquellas vallas porque la gente encontró que era el lugar ideal para suicidarse”.
Nos quedamos un rato en silencio, mirando la carretera llena de coches que brillaban con el reflejo de un sol que empezaba a ocultarse en el horizonte, mirando ese trocito de Madrid, tan grande que parecía la ciudad entera. En aquel lugar, los dos solos, pensé que no podía entender porqué la gente podía llegar a odiar tanto seguir viviendo, aunque solo fuera por momentos como aquel, tan ocasionales. Lo pensé, pero no te lo dije. Ojalá tuviese ahora tu teléfono para llamarte y recordarlo juntos.
Madrid al fondo
por Esperanza
Qué diferente se ve ahora el Viaducto. Recuerdo aquel día que nos cruzamos y me llevaste a verlo. Me enseñabas el paisaje como si lo hubieras descubierto para mí. Y en cierta medida, así era. Había pasado por allí mil veces pero nunca lo había visto tan bonito. Quise decírtelo, pero no me atreví. Ojalá lo hubiese hecho.
Madrid relucía, rojo de sol, al otro lado del Viaducto. Aún era pronto y nos quedamos allí un rato. Me entretuve contándote las leyendas urbanas de suicidios y los intentos del Ayuntamiento por evitarlos. Tu avión saldría a media noche y sabía que, si te ibas, no volvería a verte. Entonces las vallas me parecieron curiosas. Hoy son solo un incómodo obstáculo.