Por Esperanza
Vi a Juanjo caminar por el andén. Arrastraba su maleta pequeña como si pesara mucho. Los hombros caídos, la espalda ligeramente encorvada. Seguí mirando el fondo de la taza, buscando mi futuro en el azúcar teñido de café. Las lágrimas caían despacio formando manchas negras sobre la mesa. Perdí de vista a Juanjo cuando el tren emitió el último silbido y empezó a deslizarse por la vía. Entonces limpié los churretes de rímel que me surcaban la cara, hinché el pecho de aire y, con los hombros levantados y una sonrisa en los labios, empecé a caminar hacia la salida.
Último té juntos
Por Miguel
Aguanté el tipo mientras estuve en su casa. Solo al salir, las lágrimas empezaron a deslizarse por mis mejillas.
Pero no lloraba: eran gotas de lluvia. De pronto me encontraba tan bien que me alejé pisando los charcos como un adolescente.