Era mediodía y hacía sol
Por Miguel
Abrí el bote y te lo acerqué. Estaba lleno de papelitos de colores. Solo tenías que hacerlo. Era bien fácil. Escoger uno. Se cumpliría. Eso te dije. Lo que estuviese escrito en el papelito se cumpliría. Dudaste un segundo. Mirabas a lo lejos, de nuevo la calle Segovia. No había podido conseguir tu teléfono así que recibir tu llamada me había llenado de ilusión. Nos citamos en los Jardines, al mediodía. ¿Qué mejor sitio para el reencuentro?
Habías cambiado, estabas más delgada y llevabas el pelo muy corto. Elegiste uno de los papeles, uno color limón. Todos decían lo mismo, no me importaba que te lo imaginases. Todos decían que quería cuidarte. Sin plazos, sin compromisos, lo que durase. Tenías cara de cansancio, incluso te costó sonreír al leer el mensaje. Apenas una mueca, el labio fruncido.
Por Esperanza
Me agarré fuerte a la valla de metacrilato para saltarla y entonces noté el zumbido del móvil en el bolsillo del vaquero. Qué absurdo, a punto de dejarlo todo atrás, sentía curiosidad por saber quién me llamaba. La pantalla del teléfono me avisó de la voz que oiría. Lo que no me dijo es que Juan quería organizar otra cena, como aquella, en el mismo sitio.
Él nunca sabrá cuánto tengo que agradecerle que me pidiera que yo avisara a todos. Me dio los números de teléfono. Todos. También el tuyo.
Me sentí ridícula apoyada sobre la piedra gris del viaducto tomando notas en una libreta de cuadros. Tu nombre lo escribí en mayúsculas y lo subrayé dos veces. Estuve tentada de pintar un corazón, como de niña.
Camino de casa iba tarareando aquella canción de Radio Futura “y si te vuelvo a ver pintar un corazón de tiza en la pared…”.