Última actualización: 17/6/04 16:00
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Al despertar esta mañana Por Miguel

Al despertar esta mañana noté la mejilla húmeda. A mi lado, un perro jadeaba, echándome el aliento en la cara. Puso una pata en mi pecho y volvió a lamerme la cara.

-Bony -le dije- apartate. No me chupes.

Recordaba su nombre, con lo despistado que soy. Me lo había dicho Natalia anoche, al entrar en su casa. Nata, como le gustaba que le llamasen. También recordaba su nombre, con lo despistado que soy. Me incorporé en la cama y empujé a Bony, que se lanzó contra mi mano, jugando. Tiré de su pata trasera y Bony se cayó de lado. Y mientras lo sujetaba boca arriba agarré su hocico, haciéndole de rabiar. Nunca me gustaron las mascotas pero este perro me caía bien. En ese momento Nata salió del baño, envuelta en una toalla, el cabello mojado.

-Bony, deja a Miguel. Ven aquí.

Bony saltó de la cama y se fue con Nata, tirando de su toalla. Entraron en la cocina y en unos segundos escuché el sonido de las bolitas de pienso cayendo en el cuenco. Miré a mi alrededor, el pequeño apartamento ordenado, la luz que entraba por las ventanas de bajocubierta y que iluminaban la habitación. Nata se asomó, apoyándose en el marco de la puerta.

-Estoy haciendo café y tostadas.

Estaba coqueteando, su pierna asomando por la abertura de la toalla. Se acercó, me besó los labios. Luego se fue al baño y salió en unos segundos, con un albornoz.

-Las tostadas, que no se quemen.

Y justo en ese momento, sentí un pinchazo de pánico. Esa angustia de estar viviendo un momento irreal. Esa sensación de que en cualquier momento algo iba a suceder, a estropearlo todo. Me vestí a toda prisa y salí huyendo de aquello que casi parecía un hogar, un sitio donde pasar el resto de mi vida.

Bony Por esperanza

Me he despertado temprano y Bony no ha venido a lamerme. Hace tres años que vive conmigo y nunca ha faltado a esa cita que al principio, lo reconozco, me repugnaba bastante. No estaba en el baño ni en la cocina, no ha venido ni siquiera cuando he vertido sus bolitas de pienso en el cuenco de metal. Entonces lo he visto, desde la ventana, paseando por la acera con Miguel, ese tipo que conocí anoche en el Pentagrama y que se empeña en llamarme Nata. ¿Acaso yo le digo a él pastelito?

Bony iba saltando a su alrededor, tratando de mordisquear la correa que llevaba en la mano y, vistos desde lejos, parecían un buen equipo. Nunca me gustó pasear al perro por las mañanas y a él no parece importarle. Van caminando hacia la esquina de la panadería, donde preparan esos pasteles rellenos que me vuelven loca. Y entonces lo he visto claro. Eso es lo que yo necesito: un hombre que me pasee al perro y me traiga pasteles por la mañana.



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Sin pelos en la lengua Por Miguel

Se lo he dejado muy claro. Entonces ha recogido sus cosas y se ha ido. "Me gusta vivir solo y de momento es como pienso seguir". Le agradecí que preparara el desayuno, pero yo tomo té, no café. Lo peor ha sido cuando me he lavado los dientes con su crema depiladora, el tubo de Veet era como mi pasta dentífrica. Pero así me ha quedado la boca: sin pelos en la lengua.

Ensayos Por Esperanza

-Me voy. No es por ti, soy yo.

Lo digo delante del espejo, ensayando. Pero sé que no tendré valor. Me acerco más al espejo y añado otra razón a mi marcha: desde que estoy contigo no he vuelto a depilarme, como si ya no me hiciese falta estar guapa.

Termino de extender la crema sobre mi labio, cierro el tubo con cuidado y lo dejo junto a tu cepillo de dientes. Sonrío y vuelvo a mirar al espejo.

-Está bien, si es lo que quieres.



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Al despertar esta mañana


Al despertar esta mañana noté la mejilla húmeda. A mi lado, un perro jadeaba, echándome el aliento en la cara. Puso una pata en mi pecho y volvió a lamerme la cara. << Bony -le dije- apartate. No me chupes.>> Recordaba su nombre, con lo despistado que soy. Me lo había dicho Natalia anoche, al entrar en su casa. Nata, como le gustaba que le llamasen. También recordaba su nombre, con lo despistado que soy. Me incorporé en la cama y empujé a Bony, que se lanzó contra mi mano, jugando. Tiré de su pata trasera y Bony se cayó de lado. Y mientras lo sujetaba boca arriba agarré su hocico, haciéndole de rabiar. Nunca me gustaron las mascotas pero este perro me caía bien. En ese momento Nata salió del baño, envuelta en una toalla, el cabello mojado. <<Bony, deja a Miguel. Ven aquí.>> Bony saltó de la cama y se fue con Nata, tirando de su toalla. Entraron en la cocina y en unos segundos escuché el sonido de las bolitas de pienso cayendo en el cuenco. Miré a mi alrededor, el pequeño apartamento ordenado, la luz que entraba por las ventanas de bajocubierta y que iluminaban la habitación. Nata se asomó, apoyándose en el marco de la puerta. <<Estoy haciendo café y tostadas.>> Estaba coqueteando, su pierna asomando por la abertura de la toalla. Se acercó, me besó los labios. Luego se fue al baño y salió en unos segundos, con un albornoz. <<Las tostadas, que no se quemen.>>. Y justo en ese momento, sentí un pinchazo de pánico. Esa angustia de estar viviendo un momento irreal. Esa sensación de que en cualquier momento algo iba a suceder, a estropearlo todo. Me vestí a toda prisa y salí huyendo de aquello que casi parecía un hogar, un sitio donde pasar el resto de mi vida.



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Sin rastro Por Esperanza

Nunca archivo los correos electrónicos. Borro los mensajes que me llegan al teléfono en cuanto los he leído. No hago fotos porque no me gusta verlas después y rompo todos los recibos en cuanto los compruebo. No tengo entradas de cine antiguas, ni billetes de avión, ni facturas de hotel. No llevo anillos, ni pulseras ni relojes que tengan un significado especial. Cuando los niños vienen del colegio con sus trabajos recogidos en carpetas, los miro detenidamente, alabo lo bien que lo han hecho y después los llevo al contenedor de papel y cartón, para que lo reciclen.

Al abrir la cartera esta mañana se han caído dos papeles doblados en cuatro. Son tan antiguos los dobleces que por algún vértice ya se están rompiendo y la tinta, que debió ser negra, es ahora gris clarito. Uno es una nota de entrega de una floristería y por detrás pone “Te querré siempre”, con letra manuscrita.

El otro es la factura del abogado.

Despedida Por Miguel

Había empezado la mañana de bastante mal humor, pero a última hora, poco antes de irme a comer, llegó un correo de Mónica y eso me quitó todo el enfado que tenía. Mónica era probablemente la única cosa que echaría de menos de este trabajo.

La semana pasada había comunicado a la empresa que me iba, que tenían quince días antes de mi marcha. Esperaba que se lo tomasen en serio pero hasta hoy, cuando ya había pasado la primera semana, no habían decidido quién me iba a sustituir. Y encima me asignaban a López, un atontado que difícilmente iba a encajar en el puesto. López era buen técnico, pero también era sensible en exceso. En los momentos tensos con los clientes seguro que se echaría a llorar. Y presión, en este puesto, la había a menudo.

No me daba pena de López, no era mi problema. Lo que me molestaba era que valoraran mi capacidad tan escasamente; que mi sustituto tuviese un nivel tan bajo era muestra del poco interés que tenían en mí, lo poco preocupados que estaban con mi marcha. Pero todo mi enfado se disipó en unos segundos cuando apareció en la bandeja de entrada el correo de Mónica. Para continuar la relación con Mónica era la persona idónea, sin duda. El próximo viernes, antes de mi marcha, se lo contaría todo.

Llevaba con Mónica unos tres años, aunque nunca nos habíamos conocido personalmente, nuestra relación era únicamente virtual. Me la había traspasado Luis Arce, el anterior responsable. El traspaso no solo incluyó documentación, informes, comentarios detallados de cada cliente, procedimientos de trabajo, también incluyó a Mónica. Luis llevaba al menos un año intercambiando correos con ella, que archivaba en una carpeta del correo y durante la primera semana me dediqué a leerlos todos, hasta el punto de conocer cada detalle, cada historia. Yo seguí enviándole correos, inventándome la mayoría, y a veces incluyendo cosas reales de mi vida. Había que archivar todos los correos, por que a veces no recordabas algún detalle y meter la pata hubiera sido sencillo.

Consideraba lo de Mónica como algo inseparable del trabajo. Era la válvula de escape, la extraña compensación por aguantar a los pelmazos de los clientes, sus peticiones, sus broncas. Por eso no me planteé enviarle una nueva cuenta de correo. Me iría y mi sustituto seguiría inventando. Se leería los cientos de mensajes almacenados, desde el principio, y seguiría creando ese ser que yo creía ya real, alguien cercano, alguien al que tenía mucho aprecio y del que no volvería a tener noticias.



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Una buena noticia Por Miguel

"Ayer hizo 52 años que me quedé viudo". Eso es lo que le oí decir. Te esperaba sentado en un banco de la plaza de San Miguel, disfrutando de los suaves rayos de sol primaveral. Me habías llamado a la oficina para decirme que por fin habíamos vendido nuestro antiguo piso, que la hipoteca ya no nos asfixiaría, y habíamos quedado para comer juntos.

Mientras esperaba, a mi lado pasaron tres ancianos: una pareja que iba del brazo y un amigo que les iba contando algo, gesticulando con el brazo derecho. Solo alcancé a escuchar esa frase, pero me dejó sorprendido al principio, pensativo después. "Ayer hizo 52 años que me quedé viudo". El hombre era mayor pero no aparentaba serlo tanto. ¿Cuantos años tendría? ¿Setenta y muchos? ¿Más de ochenta?

Y mientras te veía aparecer, bajando por la calle Sacramento, hice una rápida cuenta: era prácticamente imposible que yo pudiese llegar a decir lo mismo que aquél anciano, no contaba con que mi esperanza de vida se alargara tanto.

Me puse de pie y cuando estuviste a mi lado nos dimos un beso y abrazados por la cintura nos acercamos al restaurante. Al entrar, mientras sujetaba la puerta para que pasases, me comentaste: "por fin nos salen los números". Te respondí con una sonrisa, pero en realidad, estaba pensando que por suerte, precisamente los números que yo estaba echando, esos, me alegraba de que no salieran.

Una buena noticia Por Esperanza

He creado una empresa nueva y me he enfrascado en tantas movidas que necesitaría que los días tuvieran 48 horas. Y ni aun así.

Pero hoy, sí, tengo que celebrarlo.

Después de tantos años colgando unas camisas sobre otras, esta mañana he encontrado un montón de perchas libres en el armario. Ya no tendré que cambiar el cabezal del cepillo de dientes cada mañana porque ahora, al fin, es solo mío. Esta noche podré disfrutar del metro y medio de cama sin pelear por la almohada ni tener que aguantar esos besos que, dormido, me dabas a media noche. No volveré a sufrir tu manía de taparme los pies con una sábana cuando me quedo dormida en el sofá ni volverás a programar mi despertador cuando yo lo olvide.

Hoy, al fin, te has ido.



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