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jueves, 28. octubre 2004

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Transporte Por Miguel

Estoy a la puerta del Café Oriental esperando un taxi, cuando veo que pasan tres mujeres volando. Una tiene el pelo rubio, color fuego. La segunda es negra y tiene el pelo lleno de tirabuzones. La tercera, pelirroja, me sonríe tras una cara llena de pecas. Yo también sonrío.

  • Hola.
  • Hola
  • ¿Qué haces? –me pregunta la pelirroja.
  • Esperando un transporte –contesto. Ni siquiera sé por qué he usado esa palabra.

Las mujeres sobrevuelan a mi alrededor, a unos diez metros de altura. Me gustaría estirar una mano y poder tocarlas, asegurarme de que son reales. No sé por qué dudo. Lo son. Está claro.

  • ¿Por qué no te vienes con nosotras? Lo pasaremos bien.

En ese momento aparece un taxi, que se acerca en mi dirección. Levanto la mano, sin dejar de mirar a las mujeres. Cuando el taxi se detiene a mi lado, ellas hacen una mueca de desilusión.

  • ¿No vienes entonces?

Les digo que no, que lo siento. Lo cual es verdad, solo que no me atrevo a quedarme. Añado además la disculpa más estúpida, tengo que pasear al perro. Eso las decepciona. Lo puedo leer en su cara. Avergonzado entro al taxi. El conductor mira por la ventana, asombrado, y me dice:

  • Me ha parecido ver…
  • ¿El qué?

Se queda callado unos segundos, dudando si decirme lo que ha visto. Y eso que yo le confirmaría que sus ojos no le han engañado.

  • Nada, nada. ¿Dónde vamos?

¿Donde vamos? Buena pregunta. Ahora desearía estar volando con aquellas mujeres, y teñir el cielo de colores, el color del mediodía, del atardecer, el color de una noche de luna. Pero estoy dentro de un taxi, camino de casa. A tiempo de pasear el perro que no tengo.

  • Lo siento, me bajo.

Le dejo un billete y salgo del taxi a toda prisa.

Supervisor Por Esperanza

Dos informes por hacer, una reunión aplazada, seis cafés y no son ni las cinco. Afuera el viento levanta hojas secas que pasan por la ventana sin preocuparse de reuniones ni papeles. Y yo quiero estar con ellas, volar hasta el centro, pasar por el café Oriental y saludar a los que esperan el autobús.

Y sigo mirando las hojas. Y la chica rubia que sale del edificio se vendrá conmigo, a volar por la ciudad. Camino a la pastelería nos cruzaremos con una mujer negra de larga melena que se unirá a nosotras. Y me dejaré suelto el pelo para que todos vean mis tirabuzones rojos. Habrá un chico alto y desgarbado esperando un taxi y yo le ofreceré volar conmigo. Y él me dirá que no puede, que tiene que sacar al perro. Y se morderá los labios pensando en lo bien que lo habría pasado.

Dos informes por hacer y yo mirando las hojas. Camino del despacho del supervisor me cruzo con un chico nuevo. Es alto y desgarbado y mira hacia la ventana.

-¿Tienes perro? –le pregunto.

Supervisor Por Miguel

Mira que hacía viento ayer, que se volaban las hojas y casi los coches.

Al bajar del autobús, a las 8 de la mañana, junto a la parada, me crucé con el barrendero. Muchas hojas por barrer, montones de hojas marrones.

A lo mejor, entre tanta hoja, estaban los dos informes que dejaste ayer sin terminar. Lo estoy viendo, que pareces una colegiala pidiendo disculpas. “Lo tenía todo listo, pero abrí la ventana y salieron volando”. Tal vez ibas a usar la excusa del perro: “El perro me comió los deberes”, pero como a mí no me gustan los animales supusiste que no lo iba a entender. Deberías tomar menos café, te pones tan acelerada que cualquier día echas a volar.



 

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