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viernes, 30. enero 2004

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Zapatos Por Esperanza

-¿Otra vez, Silvia? -Debe de ser que compro zapatos de mala calidad –Silvia miró al suelo para que no se le notase que se sonrojaba. -Venga, que les voy a poner las tapas tan pegadas como dos novios.

Silvia llevaba meses arrancando tapas a sus zapatos. Y rompiendo cremalleras de las botas. La primera vez fue casi sin querer, en un “por qué no, si no va a notarlo”. Ahora ponía cuidado en no romper los que él arreglaba. Eso sería como decir que no los había arreglado bien y él insistiría en no cobrar por su trabajo. También llevaba a arreglar los de sus hermanos. No pasaba más de una semana sin que encontrase una excusa para entrar en la tienda y oler el pegamento. Y ver su sonrisa. Nunca hablaban de nada pero ella fantaseaba con que le pidiera una cita.

-Se me han roto las botas bailando –tal vez me invite a bailar. -Camino a casa se me enganchó el tacón en una alcantarilla -¿y si se ofrece a llevarme en coche? -Mira a ver si puedes poner un remache a los vaqueros –verá que son una 38, pocas chicas pueden llevarlos.

Una vez llevó una olla para ponerle un asa perdida. Le costó encontrarla. La tenía su madre arrinconada desde que se rompió. Así, se dijo, sabrá que soy buena cocinera. Y hacendosa. Y ahorrativa.

Pero las semanas pasaban y él no daba el primer paso. Y cada vez era más difícil encontrar excusas. Una semana no encontró qué llevar y empezó a sentir una desazón que la ponía muy triste. Había sacado del armario cajas de zapatos que ni siquiera recordaba haber usado. Tacones gordos, puntas finas, plataformas. Pero se agotaron y ya no quedaba ninguno. Entró en la oficina con los hombros caídos y la mirada ausente.

-Silvia –la voz de Manuel, el chico de las fotocopias, interrumpió sus pensamientos –quería decirte… Manuel se quedó parado, con cara de susto. -Es que te vas a reír –al decirlo había enseñado unos diente pequeños, descolocados. -No tengo ganas de reírme, Manuel. -Es que me gustan mucho tus zapatos –Silvia se miró los pies-. No, esos no. Bueno, también. Me gustan todos. Me gusta porque cada día llevas unos diferentes. Silvia sonríó y siguió andando. Pasos cortos, casi saltitos. Cuando llegó a la altura de su mesa se volvió. -Manuel. El chico asomaba detrás de un montón de papeles. -Que he pensado que igual te apetece ir al cine.


Al salir del cine Manuel la invita a un helado. Y caminan por la calle cogidos de la mano. Silvia se detiene frente a un escaparate.

-Es una tintorería nueva. Antes había una zapatería, de esas que arreglan cosas, pero no debía dar mucho porque la han quitado.

Silvia da otro lametazo a su helado.

-Vamos a coger el autobús. Llevo zapatos nuevos y me están haciendo daño.

Zapatero Por Miguel

–Novecientos noventa y nueve mil novecientos cincuenta y siete, novecientos noventa y nueve mil novecientos cincuenta y ocho…

La niña me estaba volviendo loco. Llevaba apenas una semana conduciendo el autobús escolar y ya deseaba volver a la zapatería. Si mi padre me oyera, se reiría.

Laurita se subía en la primera parada que hacíamos y siempre se sentaba en el asiento más cercano a mí. Al principio me había hecho gracia. Recuerdo que me dijo:

–Hola. Eres nuevo ¿verdad? Me llamo Laura. ¿Cómo te llamas tú?

Yo me limitaba a conducir, no le daba conversación pero aún así Laurita no dejaba de hablarme. El segundo día me dijo que iba a demostrarme que sabía contar hasta un millón. Y así, sin dar tregua, empezó a contar. Uno, dos, tres…

Echaba de menos mi zapatería. Allí tenía mi mundo, casi siempre solo, trabajando. Ponía Radio Clásica y me concentraba en mis zapatos, los remaches, las colas, los betunes. Incluso echaba de menos a aquella chica que venía tan a menudo. Apunté su nombre en los resguardos cantidad de veces, pero ahora no lograba recordar cómo se llamaba.

–Novecientos noventa y nueve mil novecientos setenta y dos, novecientos noventa y nueve mil novecientos setenta y tres…

Intentaba pensar en otra cosa, pero al final había pasado la mayor parte del tiempo contando mentalmente yo también. Esperaba que Laurita se equivocase para poder decírselo, que se había equivocado. Pero nada, estaba acabando y no había fallado un número. ¿Cómo serían sus padres? ¿Qué pensaría su madre cuando la niña volvía a casa? ¿Sería igual de pesada, de obsesiva? Olvídate de los clientes, decía mi padre. Te sonríen por amabilidad, pero tienen su propia vida, sus familias. No te busques problemas. Yo me imaginaba cómo eran, a qué se dedicaban, pero jamás había preguntado ni el más mínimo detalle. Si ni siquiera cuando venían estornudando y con la nariz colorada les preguntaba por su salud, ¿cómo iba a indagar sobre sus vidas?

–Novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve, un millón. Acabé.

Mi padre siempre había sido zapatero y siempre tuvo en la cabeza que yo heredaría el negocio. Sin preguntarme qué me apetecía hacer a mí. Cuando él murió, decidí dejar el negocio y buscar otra cosa. De momento estudiaba empresariales por la UNED y conducía un autobús.

–Voy a volver a empezar –amenazó la niña.

La profesora me echó un cable:

–Laurita, deja en paz al conductor, que además ya estamos llegando.

Supongo que la profesora también estaba harta de Laurita. ¿Cómo se llamaba la chica aquella? La que venía tan a menudo a la zapatería. Un día tenía que darme una vuelta por el barrio, tomar algo en una cafetería por si la veía pasar. Era muy agradable.

Llegamos al colegio. Aparqué el autobús y abrí las puertas. Laurita se quedó sentada y le dijo a la profesora:

–Seño, se me ha estropeado el zapato.

La niña llevaba unos zapatos de esos que llaman “merceditas”, con una correa y una hebilla para sujetarlo al pie. No se habían estropeado, solo se había soltado la hebilla. No pude evitarlo y dije:

–Yo lo arreglo.

Le quité el zapato y coloqué correctamente la hebilla. “Ya está” –dije. Laurita estiró el pie, con mucha delicadeza, y dejó que se lo pusiera. Sonreímos. Laurita llevaba una muñeca en brazos. Le di un golpecito en la nariz y le pregunté cómo se llamaba.

–Se llama Silvia. –¡Silvia, eso es! –dije, casi gritando.

La profesora me miró extrañada, sorprendida de mi reacción. Luego dio la mano a la niña y bajaron del autobús.



 

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