Otoño, por Miguel
En el mes de agosto apenas había entrado nadie a la tienda, pero ahora no paraba. Con el inicio de las clases, la tienda se había llenado de madres comprando chándales, sudaderas, ropa interior, y ahora la tienda estaba toda revuelta, las prendas mezcladas, etiquetas despegadas. Era un incordio, iba a tardar un buen rato en colocarlo todo y hoy quería salir puntual. Había conocido a una chica en un concierto y tenía que telefonearla al salir.
Estaba ordenando una de las estanterías cuando se fijó en una mujer que miraba el escaparate. Solo llevaba una camiseta de tirantes, ajustada. Se le marcaban los pezones, seguramente debido a lo fría que estaba la tarde, anunciando la próxima llegada del otoño. La mujer entró a la tienda. Quería una sudadera, blanca y sin marca. Antes de que pudiese contestar había cogido la suya, que estaba encima de una silla junto al mostrador. Era la única que tenía sin bordar y apenas la había usado, se la había puesto por la mañana así que podía vendérsela como si fuese nueva. Siempre era una venta más.
La mujer se fue con la sudadera y él volvió a colocar la tienda. Un par de minutos después se dio cuenta. Salió a la calle pero no había ni rastro de ella. Había desaparecido con su sudadera. Solo le quedaba la Esperanza de que encontrase el papel con el teléfono de la chica en el bolsillo y diese la vuelta para devolvérselo. Miró el reloj y volvió a entrar en la tienda. Siguió colocando las estanterías pero ya no tenía prisa.
Otoño, por Esperanza
Hacía frío. La piel se le iba erizando y notaba en la espalda una sensación incómoda. Buscó en el armario pero no quiso ponerse ninguno de las prendas del año anterior. Todas olían a pasado. El armario entero olía igual. Toda la casa.
Salió a la calle con la camiseta de tirantes que compró el día que él se fue y, en la primera tienda que encontró, eligió una sudadera blanca. Sin letreros, sin dibujos. La pagó y pidió que no se la embolsaran. Fuera de la tienda se la puso. Las hojas viejas se arremolinaban a sus pies y el viento trajo olor de otoño. Sonrió, cruzó los brazos sobre el pecho como queriendo abrazarse a sí misma y notó algo que crujía. Miró el bolsillo de la sudadera y encontró un papel, arrugado con un nombre y un teléfono. María. Volvió sobre sus pasos pataleando las hojas hasta llegar a la tienda. El cierre esta echado pero aún había luz dentro. Golpeó con los nudillos y el chico que la había atendido apareció tras un cristal. Le hizo un gesto con la mano para pedirle que esperara y apareció por la puertecilla contigua.
-Supongo que este papel es tuyo.
El chico se puso rojo, forzó una sonrisa.
-Era mi sudadera. Casi no me diste tiempo a decirlo y como te veía tan ilusionada. Pero te devuelvo el dinero -empezó a hurgar por los bolsillos de sus vaqueros- y te regalo otra. Esta vez nueva.
Ella sabía que la sudadera olía a nuevo, a otoño, a viento fresco. Se alzó sobre las puntas de los pies, le besó en los labios y dejó caer el papel arrugado al suelo.
-Mejor lo dejamos así, empieza a gustarme ésta.