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domingo, 4. marzo 2007

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Amenaza de explosión
Por Miguel

—Señora, ¿me puede mostrar el contenido de su bolso?
—Mamá, enséñale al policía lo que llevas en tu bolso.

La señora Rosario había recogido con desconfianza su bolso, que acababa de pasar por el scanner y lo llevaba abrazado al cuerpo. Miró a su hija, posó el bolso encima de la mesa y empezó a vaciarlo. Lo primero que sacó fue un brick de leche.

—Señora, va a tener que dejar eso aquí.
—¿Por qué? —preguntó la señora Rosario con cierta angustia.
—Mamá, ¿para que llevas esa leche? —preguntó su hija.
—Verá —explicó el guardia civil— es por su seguridad. No se pueden llevar líquidos en los vuelos.
—Pero la leche es sana.
—No está permitido. Existe una amenaza de explosivos líquidos y cualquier cantidad superior a los 100ml no está permitida a bordo.
—¿La leche? ¿Explosiva?
—Mamá. Déjalo.
—Señora, si en vez de leche el brick llevase explosivo líquido podría volar el avión en pleno vuelo.
—¿Y por qué iba a hacer yo eso? Tengo 75 años, ¿tengo pinta de terrorista?
—Mamá, no necesitas nada. ¿Para qué llevas la leche?

El guardia civil terminó de revisar el bolso de la anciana y se dirigió a la hija.

—¿Me muestra el suyo, por favor?

La hija posó el bolso y dejó que el agente hiciese su trabajo. Aprovechó para colocarse el pelo. Se había teñido hacía unos días y se encontraba muy bien. El tono le rejuvenecía, incluso se maquillaba de forma más discreta. Se sentía radiante.

—¿Esto qué es? ¿Le importa que lo abra?
—Adelante. Es una flor. Una rosa.
—¿Por qué llevas esa flor en el bolso? ¿No la podías dejar en casa? Al fin y al cabo tú vuelves mañana.
—Me apeteció, mamá. ¿No llevabas tú un litro de leche?
—Nunca se sabe lo que puede pasar. Es mejor ser precavida. ¿Quién te regaló esa flor para que la cuides tanto, tu marido?

El agente envolvió de nuevo la flor, la dejó en el bolso y les hizo una seña para que siguieran.

—¿Quién te regaló la flor? —insistió la madre—. ¿Tu marido?
—No, él no. De eso estoy segura.

La madre apretó el ritmo, caminando un poco por delante de su hija, y farfullando, aunque con el tono suficientemente alto para que lo oyera su hija, dijo indignada:

—Mi leche, qué vergüenza. No me la han dejado llevar. Y eso que tu flor la ha vuelto a dejar en el bolso.

Se paró, miró a su hija de arriba abajo y dijo:

—Esa flor, eso si que. Eso si que es una amenaza. Y tú tan contenta. Un peligro, un peligro nuclear.


Llama cuando llegues
Por Esperanza

No me importa trabajar arrastrando un carrito lleno de basura, dos fregonas y una mopa. Lo peor de este trabajo es recorrer una tras otra las salas de espera y ver como todos se van mientras yo me quedo recogiendo lo que dejan atrás. A veces tiran comida sin empezar porque las nuevas normas les impiden subirla al avión y yo la recojo y se le dejo a María, la anciana que duerme en la puerta del metro. Otras son libros manoseados o revistas que me llevo a casa. Esta mañana, sobre una mesa de metal de la sala cinco, un tipo alto se dejó un tetrabrick de leche sin abrir. Vi cómo se daba una niña antes de pasar el control de pasaportes y cómo él miraba para todos lados, incómodo, buscando dónde dejarlo. La niña le había dicho que se lo daba para que no le doliera el estómago en el viaje, por lo de la úlcera, y que le vería pronto. Pero a su espalda una mujer aguantaba las lágrimas con la vista fija en la punta de sus botas. El tipo alto ha pasado el control de pasaportes con su billete de ida en la mano.

Diez minutos antes, en la sala siete, una chica había dejado olvidada una rosa envuelta en papel transparente. La he recogido y la he puesto en mi carrito junto a una bolsa de patatas fritas que alguien dejó en la doce. Cuando el tipo alto ha enfilado el pasillo con el litro de leche agarrado apenas con dos dedos, he cruzado el control con la rosa en la mano y he ido hasta donde la niña decía adiós levantando una mano tan pequeña que hubiera cabido en una cajetilla de tabaco. Me he acercado y le he dicho:

—Tu papá ha comprado esto para ti en las tiendas de dentro, pero no puede salir a dártelo así es que he salido yo por él. Dice que te llamará en cuanto llegue.

La mujer de las lágrimas mal contenidas me ha mirado juntando las cejas en una interrogación invisible. Le he guiñado un ojo y me he dado la vuelta. Después he vuelto a mi trabajo, a recoger el litro de leche que Mará cenará esta noche. El tipo alto se ha girado, me ha mirado recogerlo de la mesa metálica y ha enfilado el pasillo de embarque. Cuando enseñaba el billete y el pasaporte a la azafata me he acercado y le he dicho:

—Llámala cuando llegues. Y he seguido mi camino hacia la sala nueve.



 

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