Última actualización: 2004-06-17 16:00
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viernes, 13. octubre 2006

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Angela
Por Miguel

Cuando me desperté esta mañana tú ya estabas lista para marcharte. Duchada, arreglada, como si lo de anoche no te hubiese afectado. Con esa cara limpia y sin ojeras, tu uniforme inmaculado, sin una arruga.

Habías venido a verme tocar con unas amigas que no aguantaron más de dos canciones y se fueron a dormir. Luego me contaste que habías organizado la salida para tener una buena coartada.

Nos metimos unas rayas en el camerino y yo me tumbé en el sofá. ¿Te encuentras cómoda? Y abriste los brazos imitando un avión. Ahora mismo estoy flotando. Y viniste sobre mí.

Verte de uniforme me excitó. Sabía que trabajabas de guarda-jurado pero ahora no parecías la misma chica que se quitó las bragas y se arremangó la falda, que hizo el amor conmigo en el sofá mientras el resto de la banda andaba a lo suyo por el camerino. Por la mañana parecías un ángel al que no se puede llevar la contraria, dulce pero enérgica.

Me dijiste que te ibas, que nos veríamos esa noche en clase de yoga. Me guiñaste un ojo a modo de despedida. Supongo que me habías leído el pensamiento y no querías acercarte, arriesgarte a que te echara el guante y no te dejase marchar.

Y justo cuando ibas a cerrar, te diste la vuelta y me aconsejaste. No te metas en líos. Y no vengas por mi supermercado a robar bebida. Tendría mil ojos puestos sobre ti y al menor descuido te detendría.

Cerraste la puerta y te fuiste a trabajar.

Sí. Si alguien podía detenerme, sin duda era ella.


Esa sonrisa
Por Esperanza

Al despertar esta mañana he sentido un dolor espantoso en la cabeza. He intentado abrir los ojos pero se me han clavado mil agujas en los párpados. A oscuras he recordado al tipo de la cazadora verde que entró a robar en el supermercado. Desde que lo vi entrar me pareció raro, miraba todos los estantes pero no echaba nada en la cesta. Solo al llegar a la zona de las botellas había cogido una de champán. Entonces se acercó a mí, me puso un cuchillo en el cuello y empezó a pegar gritos para que todos se echaran al suelo. No llevo pistola porque aún no he aprobado el examen pero aunque la hubiera llevado no creo que hubiera hecho nada, no me pagan tanto como para jugarme la vida. Marisa, la cajera, le dio todo lo que había recaudado y el lo metió sin prisas en una bolsa de plástico, junto con la botella, utilizando solo la mano izquierda mientras sujetaba el cuchillo con la derecha. De pronto sentí menos presión en la garganta y, mientras decidía si trataba de pararlo, me golpeó fuerte en la cabeza y ya no supe más de él ni de lo que me rodeaba.

Al fin he conseguido abrir los ojos y he visto en la mesilla una copa de champán y sobre la silla la cazadora verde. Me he girado y lo he encontrado durmiendo, a mi lado, con la misma sonrisa que tenía en la puerta del supermercado, dos horas después del atraco, cuando me dijo:

-Te estaba esperando para disculparme.



 

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