Última actualización: 2004-06-17 16:00
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viernes, 13. octubre 2006

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Radar
Por Miguel

Al despertar por la mañana no estabas a mi lado.

Tampoco esa noche. Hacía ya la número quince así que me debería haber acostumbrado. Te habías largado con un músico, un tipo al que tendrás que mantener. Alguien que toma drogas, al que tendrás que cuidar para que no se pase demasiado. Alguien que conociste hace dos meses en clase de yoga.

Miro mi pie derecho, que asoma tras la sábana revuelta. Si tuviera una etiqueta colgada del dedo gordo no creo que me sintiera muy diferente de que como me encuentro ahora.

Me levanto y registro la casa en busca de CD´s pero apenas tenemos música. Nunca mostraste demasiado interés por ella y ahora sales con un tipo que toca el bajo. Ese instrumento poderoso que retumba, con tanto cuerpo. Quizá eso sea una pista.

No sé mucho de él, solo lo que tú me has contado y en vez de odiarlo, más bien le envidio. Me dijiste que te gustaba por que era callado, observaba a las personas y luego hacía canciones sobre ellas. Me gustaría conocerle y que hiciese una canción sobre mí. En el fondo le admiro, interpreta la vida de los demás que vuelven a vivir de nuevo en sus textos. Cada noche están vivos otra vez.

Lo irónico del caso es que soy controlador aéreo, alguien que sabe interpretar una pantalla llena de puntos, que detecta problemas al menor indicio, en cuanto un avión sale de la ruta habitual. Yo también hago que las personas sigan vivas cada vez que subo a la torre de control. Como en un escenario, hago que los puntos de la pantalla sigan el ritmo, con orden hasta llegar al final de la pista.

Pero a ti, cariño, a ti nunca supe seguirte, ningún indicio de lo que te podía pasar por la cabeza. Sin duda conmigo siempre has volado a ras.


Dos pasos
Por Esperanza

Al despertar esta mañana he oído el ruido de un avión. Por un segundo he pensado que estaba en casa, aquel espantoso chalé que te empeñaste en comprar porque nos pillaba cerca del aeropuerto, de tu trabajo. Así eran siempre las cosas, tú elegías y yo asentía. Como cuando me elegiste a mí y no tuve oportunidad de opinar: éramos novios y se lo contaste a todo el mundo. Yo siempre iba un par de pasos por detrás de ti pero entonces conocí a Julio. Él necesita que me guste la casa y por eso vivimos de alquiler, porque ninguna es suficientemente buena para mí. Y no le importa que yo gane más que él, que pague sus facturas, que tome decisiones. Me da siempre la razón, compone canciones para mí y no siente celos cuando tú me llamas para hablar de la venta de la casa.

-Hoy ha venido otro comprador -me dices. Y yo dejo que tú decidas si vendemos, esperando, dos pasos por detrás, que me pidas que vuelva.



 

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