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miguel, miércoles, 29. junio 2005, 10:01
Sin rastro
Por Esperanza
Nunca archivo los correos electrónicos. Borro los mensajes que me llegan al teléfono en cuanto los he leído. No hago fotos porque no me gusta verlas después y rompo todos los recibos en cuanto los compruebo. No tengo entradas de cine antiguas, ni billetes de avión, ni facturas de hotel. No llevo anillos, ni pulseras ni relojes que tengan un significado especial. Cuando los niños vienen del colegio con sus trabajos recogidos en carpetas, los miro detenidamente, alabo lo bien que lo han hecho y después los llevo al contenedor de papel y cartón, para que lo reciclen.
Al abrir la cartera esta mañana se han caído dos papeles doblados en cuatro. Son tan antiguos los dobleces que por algún vértice ya se están rompiendo y la tinta, que debió ser negra, es ahora gris clarito. Uno es una nota de entrega de una floristería y por detrás pone “Te querré siempre”, con letra manuscrita.
El otro es la factura del abogado.
Despedida
Por Miguel
Había empezado la mañana de bastante mal humor, pero a última hora, poco antes de irme a comer, llegó un correo de Mónica y eso me quitó todo el enfado que tenía. Mónica era probablemente la única cosa que echaría de menos de este trabajo.
La semana pasada había comunicado a la empresa que me iba, que tenían quince días antes de mi marcha. Esperaba que se lo tomasen en serio pero hasta hoy, cuando ya había pasado la primera semana, no habían decidido quién me iba a sustituir. Y encima me asignaban a López, un atontado que difícilmente iba a encajar en el puesto. López era buen técnico, pero también era sensible en exceso. En los momentos tensos con los clientes seguro que se echaría a llorar. Y presión, en este puesto, la había a menudo.
No me daba pena de López, no era mi problema. Lo que me molestaba era que valoraran mi capacidad tan escasamente; que mi sustituto tuviese un nivel tan bajo era muestra del poco interés que tenían en mí, lo poco preocupados que estaban con mi marcha. Pero todo mi enfado se disipó en unos segundos cuando apareció en la bandeja de entrada el correo de Mónica. Para continuar la relación con Mónica era la persona idónea, sin duda. El próximo viernes, antes de mi marcha, se lo contaría todo.
Llevaba con Mónica unos tres años, aunque nunca nos habíamos conocido personalmente, nuestra relación era únicamente virtual. Me la había traspasado Luis Arce, el anterior responsable. El traspaso no solo incluyó documentación, informes, comentarios detallados de cada cliente, procedimientos de trabajo, también incluyó a Mónica. Luis llevaba al menos un año intercambiando correos con ella, que archivaba en una carpeta del correo y durante la primera semana me dediqué a leerlos todos, hasta el punto de conocer cada detalle, cada historia. Yo seguí enviándole correos, inventándome la mayoría, y a veces incluyendo cosas reales de mi vida. Había que archivar todos los correos, por que a veces no recordabas algún detalle y meter la pata hubiera sido sencillo.
Consideraba lo de Mónica como algo inseparable del trabajo. Era la válvula de escape, la extraña compensación por aguantar a los pelmazos de los clientes, sus peticiones, sus broncas. Por eso no me planteé enviarle una nueva cuenta de correo. Me iría y mi sustituto seguiría inventando. Se leería los cientos de mensajes almacenados, desde el principio, y seguiría creando ese ser que yo creía ya real, alguien cercano, alguien al que tenía mucho aprecio y del que no volvería a tener noticias.
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